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EL TÍO BENY

Ya tenía buen rato con los ojos bien abiertos. Sin ver nada. El canto de la madrugada estaba tan alejado que me permitía escuchar claramente mi respiración en un mundo de grillos que ya anunciaban un día con sol. Podía verlo con claridad. Sacaba los saldos de la noche que estaba por terminar, como ir acomodando los hechos, en un rosario de buenas intenciones. Mientras estiraba mis brazos hasta relajar los músculos de la espalda, sentí la reacción de un oleaje de energía que me obligó a ponerme de píe con buen ánimo. Era el día perfecto para iniciar el plan que diseñamos.
Con un café en la mano, unas tortillas que nos acercó doña Vero y unos huevos que preparó doña Sofía, Marino, su hermano Rufino, Diego y yo, nos miramos con sueños de esperanza. Miguel, hijo de Marino, mantuvo la alegría en su boca, porque sabía que, en este viaje, él será un invitado especial. Todo estaba al centavo para poner los primeros ladrillos de la nueva ruta del café.

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