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MANDAR OBEDECIENDO

Doña Sofía entró a la cocina con una olla en sus manos. El humo del caldo se paseaba con la mirada de la señora, recorriendo el espacio del fogón. Ella levantó levemente sus cejas al mirar a cada uno de nosotros.
-Ustedes necesitan un caldito de pollo para que no les entre el frío- nos dijo.
Miré a Diego con sus piernas casi enroscadas, como si sus muslos y entrepiernas se buscaran para darse calor en esta mañana fría. Se levantó para ponerse una chamarra y alcance a mirar que las costillas sobresalían en su cuerpo. Lo vi muy delgado.

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