Putin, Xi y el ascenso del eje autoritario en el corazón de Asia

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En el corazón de Pekín, bajo un cielo cargado de simbolismo histórico, Vladimir Putin desembarcó en China con la pompa de un líder victorioso. No es la primera vez que el presidente ruso visita a su par chino, Xi Jinping, pero esta ocasión rompe con todos los precedentes. Un mes después de su inédita cumbre en Alaska con Donald Trump, Putin llega a Tianjin no como un aliado acorralado por sanciones, sino como un interlocutor de peso global, capaz de dialogar de igual a igual con Washington y aliarse sin subordinación con Pekín.

La visita, inusualmente larga, coincide con la cumbre de dos días de la Organización para la Cooperación de Shanghái (SCO), donde se reúnen más de una docena de líderes regionales, entre ellos Kim Jong-un de Corea del Norte y Narendra Modi de India. Pero el foco está en el desfile militar del 3 de septiembre en la plaza de Tiananmén, que conmemora el 80º aniversario del fin de la Segunda Guerra Mundial y la “victoria del pueblo chino contra la agresión japonesa”. Por primera vez en la historia, los líderes de China, Rusia, Irán y Corea del Norte se reunirán en el mismo lugar, en un evento cuidadosamente coreografiado que muchos interpretan como una declaración de poder.

Este escenario no es casual. Tras la invasión a Ucrania, Rusia se ha aislado del Occidente, pero no se ha debilitado. Al contrario, ha profundizado su alianza con China, convirtiéndose en el principal comprador de su energía y en receptor clave de sus bienes industriales. Según Pierre Andrieu, exdiplomático especializado en relaciones rusas-chinas, “la presión comercial de Trump sobre Pekín solo ha fortalecido el eje China-Rusia”. Y aunque Trump recibió a Putin en Alaska el 15 de agosto, levantando la posibilidad de nuevas sanciones o una salida negociada en Ucrania, los analistas coinciden: Moscú no se alejará de Pekín.

La relación entre Putin y Xi trasciende lo diplomático. Ambos tienen 71 años, comparten una formación bajo la sombra del comunismo soviético, han consolidado regímenes autoritarios y se han reunido más de 40 veces. En 2022, firmaron un pacto de “amistad sin fronteras y cooperación sin zonas prohibidas”. Xi llama a Putin “amigo muy querido”, y esa cercanía personal se traduce en estrategia: Rusia aporta recursos, China tecnología e influencia.

Pero China también tiene intereses propios. Como señala Patricia Kim, del Instituto Brookings, “Pekín quiere una Rusia fuerte para contrapesar a Occidente, pero no demasiado fuerte como para escapar de su órbita”. Rusia, en este sentido, es un socio útil: estabiliza Asia Central, fortalece el apoyo del Sur Global y promueve un modelo alternativo al liberalismo occidental.

India, el tercer actor del posible triunvirato RIC (Rusia-India-China), añade complejidad. Tras siete años sin visitar China, Modi llegó a Tianjin en un gesto simbólico. Desde los enfrentamientos en Galwan en 2020, las relaciones han estado congeladas. Pero los aranceles de Trump al petróleo indio procedente de Rusia han forzado un replanteamiento. Modi anunció la reactivación de los vuelos bilaterales, y Xi habló de “socios, no rivales”.

Aun así, expertos como Neil Thomas advierten: “Es improbable que esta unión dure. Sus objetivos divergen y la desconfianza es profunda”. India mantiene fuertes lazos con EE.UU., desconfía de Pakistán —aliado de China— y no renunciará fácilmente a su política exterior independiente.

Lo que ocurre esta semana en China no es tanto el nacimiento de una nueva alianza antioccidental, sino la consolidación de China como núcleo de cualquier bloque que aspire a desafiar a Washington. Ya sea a través de los BRICS, la SCO o el RIC, Pekín emerge como el centro gravitacional del mundo autoritario.

Las imágenes del desfile —miles de soldados marchando, líderes autoritarios alineados— son un mensaje claro: el orden mundial está cambiando. Y China no solo lo observa, lo está liderando.

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