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Zedillo Declara “Muerta” la Democracia Mexicana en una Nueva Arremetida Contra Morena.

El Exmandatario y la Sombra del Pasado: Zedillo Resurge para Condenar a la 4T

En un momento cargado de simbolismo, justo en la víspera de las Fiestas Patrias, la voz del expresidente priista Ernesto Zedillo (1994-2000) resonó de nuevo en el debate nacional con una sentencia lapidaria: declaró “difunta la democracia mexicana”. La afirmación, hecha en una entrevista con el periodista español Juan Luis Cebrián del diario El País, no es un grito aislado en el vacío, sino el último capítulo de un pulso político que se ha intensificado a lo largo del año.

Sin presentar pruebas concretas, Zedillo ha insistido en que el partido en el poder, Morena, ejerce un “poder hegemónico sin rendición de cuentas”. Esta narrativa, que ya había esbozado en un texto para la revista Nexos el pasado abril, llega en un contexto deliberadamente significativo: mientras el exmandatario lanza sus críticas, la presidenta Claudia Sheinbaum se alista para encabezar su primer Grito de Independencia en el Zócalo capitalino, un acto que se prevé multitudinario y que, para sus simpatizantes, es la muestra más palpable de la salud democrática del país.

La respuesta del gobierno actual no se hizo esperar, recordando que este intercambio es un duelo de larga data. A principios de año, la propia Sheinbaum ya había descalificado a la oposición por carecer de voces propias y recurrir a Zedillo como su “vocero”. Pero la réplica fue más allá de lo retórico; se adentró en los pasillos más oscuros de la historia reciente. Desde la Presidencia se ha rescatado con crudeza el legado del expresidente: el fantasma del Fobaproa, el mecanismo con el que se convirtieron deudas privadas de banqueros en una deuda pública que por décadas han cargado los contribuyentes mexicanos.

El contraataque no se detuvo en lo económico. En una de las mañaneras presidenciales de mayo, se presentó un documental que exhibió, ante la nación, la responsabilidad de Zedillo en algunos de los episodios más sangrientos de la política moderna mexicana: la masacre de Aguas Blancas, el horror de Acteal y la represión al movimiento indígena y zapatista en 1994. El gobierno federal lo señaló directamente de encubrir una violencia de Estado que, durante su sexenio, dejó un saldo de más de 600 militantes del PRD asesinados. Esta crónica no solo busca refutar sus críticas, sino pintar el cuadro de una ironía histórica: el hombre que hoy se erige como paladín de la democracia, gobernó bajo la sombra de la represión y el escándalo financiero.

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