La Memoria que No Cede: 57 Años Después, el Estado Reconoce su Culpa en Tlatelolco
Bajo la bandera a media asta en el Zócalo capitalino, la presidenta Claudia Sheinbaum inició su mañanera con las palabras que han resonado por más de cinco décadas: “2 de octubre no se olvida”. Este 2025, la conmemoración tuvo un significado histórico particular – el primer aniversario del decreto que reconoce oficialmente la matanza de Tlatelolco como crimen de lesa humanidad.
Desde Palacio Nacional, con la solemnidad que exige la fecha, Sheinbaum recordó la publicación en el Diario Oficial de la Federación que, un año atrás, marcó un punto de inflexión en la relación del Estado mexicano con su pasado más oscuro. El documento no solo establece el reconocimiento político de los hechos, sino que cita textualmente la declaración del entonces presidente Gustavo Díaz Ordaz durante su quinto informe, creando un contraste devastador entre la versión oficial de 1968 y la verdad histórica reconocida en 2024.
La mandataria destacó que este reconocimiento implica que los actos cometidos en la Plaza de las Tres Culturas – la violencia contra estudiantes y la represión gubernamental – son oficialmente considerados ilegales y graves por el Estado mexicano. Un mea culpa institucional que fue acompañado, según recordó Sheinbaum, por las disculpas públicas emitidas por la secretaria de Gobernación, Rosa Icela Rodríguez, dirigidas a víctimas, familiares y a la sociedad mexicana en general.
Pero más allá del reconocimiento histórico, la presidenta ratificó compromisos concretos: mantener viva la memoria histórica, respaldar a familiares de víctimas y presos políticos, y garantizar su acercamiento permanente con la Secretaría de Gobernación. Los “compromisos de no repetición” que enumeró incluyen la prohibición expresa de actos de represión, detenciones ilegales, uso de fuerzas armadas contra civiles, cárceles clandestinas, desapariciones forzadas, tortura y tratos inhumanos.
La escena en Palacio Nacional, con presencia de autoridades y resguardo policial, simbolizaba la coordinación institucional para que la jornada se desarrollara de manera ordenada y pacífica. Cincuenta y siete años después, la conmemoración del 2 de octubre se consolida como un acto simbólico fundamental para la memoria colectiva mexicana, pero ahora con un elemento transformador: el Estado no solo recuerda, sino que asume su responsabilidad y se compromete a que la historia no se repita.
