Tras años de silencio, el expresidente Felipe Calderón reaparece junto al liderazgo panista y deja entrever un posible regreso a la arena política, justo cuando el PAN intenta reinventarse sin alianzas.
La escena parecía sacada de un archivo histórico: Felipe Calderón, sonriente, hombro con hombro junto a Jorge Romero Herrera, el actual dirigente nacional del Partido Acción Nacional (PAN), en un evento legislativo celebrado en la Cámara de Diputados. Las imágenes, rápidamente difundidas en redes sociales, no pasaron desapercibidas. No solo marcaban su primera reaparición pública en meses, sino que encendían las alarmas sobre una posible vuelta del expresidente a la política activa.
El contexto no podía ser más simbólico. El acto, organizado para presentar los informes de actividades de los diputados panistas Margarita Zavala, Héctor Saúl Téllez Hernández y Federico Döring, fue calificado por Romero Herrera como una muestra del “compromiso con las familias mexicanas”. Pero detrás del discurso institucional, se tejía una narrativa más compleja: la del regreso de un hombre cuyo nombre sigue dividiendo al país.
Ese mismo día, en una entrevista con la periodista Azucena Uresti, Calderón no cerró la puerta a su regreso. Al contrario, la entreabrió con cuidado: “Me interesa saber exactamente en qué consiste y cómo se ejecuta este proceso de relanzamiento (…) antes de tomar una decisión personal que pueda implicar reincorporarme a la política activa”. Sus palabras, medidas y ambiguas, fueron leídas como una advertencia velada: si el PAN no se reconstruye a su gusto, podría intervenir directamente.
Y es que el expresidente —cuyo sexenio (2006-2012) quedó marcado por la escalada de violencia derivada de la guerra contra el narcotráfico— busca ahora presentarse como un referente moral en un partido en crisis de identidad. Durante la entrevista, criticó sutilmente la decisión del PAN de romper alianzas con el PRI y Movimiento Ciudadano, afirmando: “Hay gente buena y mala en todos los partidos”. Un mensaje que contrasta con la postura de Romero Herrera, quien días antes, en el acto de “relanzamiento” del 18 de octubre, proclamó con firmeza: “Ninguna sigla se antepondrá al PAN”.
La ironía es palpable. Mientras el PAN intenta construir un futuro sin alianzas, su figura más conocida —y más controvertida— representa precisamente el pasado que dice querer superar. Fue bajo el liderazgo de Calderón que el PAN se alió con el PRI en múltiples estados, y fue su gobierno el que normalizó la confrontación con el crimen organizado a costa de miles de vidas.
Hoy, a casi dos décadas de su llegada al poder —en unos comicios cuestionados por fraude—, Calderón parece preparar su jugada final. No se trata solo de un regreso personal, sino de una lucha por el alma del PAN: ¿será un partido de oposición firme y autónomo, o un actor pragmático dispuesto a coaliciones? La respuesta podría definir no solo el rumbo del blanquiazul, sino también el escenario electoral de 2027.
Mientras tanto, México observa con escepticismo. Porque en política, los fantasmas rara vez regresan solo a saludar.
