Tras un ataque calificado como “el más grande desde la Segunda Guerra Mundial”, Trump y su secretario de Guerra Pete Hegseth declaran que la operación en Venezuela fue un acto de justicia, soberanía energética y dominio hemisférico
En una demostración sin precedentes de poderío militar y retórica nacionalista, el presidente Donald Trump y su flamante secretario de Guerra, Pete Hegseth, comparecieron este sábado en la Casa Blanca para celebrar lo que describieron como “una victoria histórica” en Venezuela. Horas después de que cientos de aeronaves estadounidenses bombardearan Caracas y lograran la captura de Nicolás Maduro, el discurso desde Washington dejó clara una nueva doctrina de seguridad nacional: “Estados Unidos primero, la paz a través de la fuerza”.
“Una operación como esta no se había visto desde la Segunda Guerra Mundial”, afirmó Trump, visiblemente satisfecho. “Se logró un éxito tan extraordinario de la noche a la mañana. Una velocidad, potencia, precisión y competencia impresionantes. Rara vez se ve algo así”, añadió, retratando la incursión no como una invasión, sino como una misión de justicia acelerada.
Fue Hegseth quien profundizó en la justificación ideológica del ataque. Con tono marcial y mirada fija, el secretario de Guerra describió la operación como una muestra de “coordinación, sigilo, letalidad y precisión”, y proclamó que representó “el largo brazo de la Justicia estadounidense en plena exhibición en mitad de la noche”.
Pero su mensaje más contundente llegó al vincular la acción con tres objetivos estratégicos: “detener el flujo de drogas y veneno hacia nuestro pueblo”, “recuperar el petróleo que nos fue robado” y “restablecer el dominio estadounidense en el hemisferio occidental”. Según Hegseth, Maduro “tuvo su oportunidad”, al igual que Irán, “hasta que dejaron de tenerla”.
La frase “el petróleo que nos fue robado” ha generado fuertes reacciones en todo el mundo. Expertos señalan que carece de fundamento legal —Venezuela posee soberanía sobre sus recursos naturales desde 1976—, pero en el nuevo discurso de la administración Trump, la riqueza energética del vecindario ya no se ve como un derecho ajeno, sino como una reserva estratégica estadounidense en manos equivocadas.
“Se trata de la seguridad, la libertad y la prosperidad del pueblo estadounidense”, enfatizó Hegseth. “Se trata de Estados Unidos primero. Se trata de la paz a través de la fuerza. Y el Departamento de Guerra de los Estados Unidos se enorgullece de ayudar a lograrlo”.
La conferencia, transmitida en vivo a todo el planeta, marcó un giro histórico: el retorno oficial del término “Departamento de Guerra” —en lugar de “Departamento de Defensa”— y la normalización del lenguaje de conquista disfrazado de justicia. Mientras en Caracas persiste el silencio tras los bombardeos, y en Moscú y Pekín se preparnan respuestas diplomáticas, en Washington se celebra no solo una operación militar, sino el renacimiento de una doctrina imperial.
Para muchos analistas, esta no es una intervención aislada, sino el ensayo general de una nueva era en la que EE.UU. no solo defiende sus intereses, sino que los impone mediante la fuerza abierta y sin disimulo. Y en medio de ese nuevo orden, Venezuela —con sus 300 mil millones de barriles de petróleo— es solo el primer capítulo.
