Desde Acapulco, la presidenta Claudia Sheinbaum celebra que México alcance el tercer lugar en salario mínimo en América Latina y recuerda con dureza que, en pleno neoliberalismo, el país llegó a estar por debajo de Haití, el más pobre de la región
Acapulco, Guerrero, 10 de enero de 2026 — Con el mar como testigo y el sol del Pacífico iluminando su discurso, la presidenta Claudia Sheinbaum convirtió su conferencia mañanera en una lección de historia económica y soberanía social. Desde la emblemática ciudad guerrera, Sheinbaum anunció un hito que, para muchos mexicanos, parecía impensable hace una década: México ahora tiene el tercer salario mínimo más alto de América Latina y el Caribe, solo superado por Chile y Uruguay.
El logro, resultado de un aumento del 13% implementado en enero de 2026, permitió al país escalar tres posiciones en apenas un año, pasando del sexto al tercer lugar regional. “Es un número muy importante”, subrayó la mandataria, mientras mostraba una gráfica comparativa que incluía a países como Argentina, Brasil, Perú, El Salvador, Panamá y Nicaragua en los niveles más bajos.
Pero más allá de la celebración, Sheinbaum aprovechó el momento para lanzar una contundente crítica al periodo neoliberal. Con voz firme, recordó uno de los episodios más vergonzosos de la política económica mexicana: “Llegó un momento en el periodo neoliberal en que el salario mínimo de México era el menor, incluso por debajo de Haití, que es un país con mayores carencias económicas del continente, incluidos todos los problemas de violencia e inseguridad que tienen”.
La comparación no fue casual. Haití, nación devastada por terremotos, golpes de Estado y crisis humanitarias, ha sido históricamente el referente de la pobreza extrema en el hemisferio occidental. Que México —una de las 15 economías más grandes del mundo— tuviera un salario mínimo inferior al de Haití durante los gobiernos de Salinas, Zedillo, Fox o Calderón, se convirtió en un símbolo de la priorización del capital sobre la dignidad del trabajo.
Sheinbaum no mencionó nombres, pero el mensaje fue claro: la Cuarta Transformación ha revertido décadas de abandono salarial. Y lo hizo con datos, no con consignas. La gráfica mostrada no solo destacó el avance mexicano, sino también la caída de Argentina bajo el gobierno libertario de Javier Milei, cuyo modelo de ajuste radical ha hundido el poder adquisitivo de los trabajadores.
Este contraste no es anecdótico. En un contexto regional donde el neoliberalismo retrocede y los gobiernos progresistas apuestan por el bienestar como motor económico, México se posiciona como un ejemplo de que sí es posible crecer con justicia. El salario mínimo ya no es una variable de ajuste, sino un pilar de la demanda interna, la reactivación productiva y la reducción de la pobreza.
La presidenta cerró su intervención con una advertencia implícita: los tiempos en que el trabajo se pagaba por debajo de la subsistencia han terminado. Y aunque aún queda camino por recorrer —especialmente en igualdad salarial, informalidad y acceso a prestaciones—, el mensaje es contundente: México ya no se avergüenza ante sus vecinos. Ahora lidera con dignidad.
En Acapulco, donde el turismo vuelve a florecer y los programas sociales transforman barrios olvidados, ese mensaje resuena con fuerza. Porque el salario mínimo no es solo un número: es la medida de cuánto vale la vida de un trabajador. Y hoy, en México, esa vida vale mucho más.
