En un acto multitudinario frente a la embajada estadounidense en La Habana, el líder cubano rinde homenaje a los caídos en la incursión contra Venezuela y reafirma la resistencia antiimperialista de la isla.
La Habana, 17 de enero de 2026 — Bajo un cielo cargado de simbolismo y emoción, miles de cubanos se congregaron este viernes en la Tribuna Antiimperialista José Martí, frente a la Embajada de Estados Unidos, para despedir a los 32 combatientes asesinados durante la reciente agresión militar unilateral de EE.UU. en territorio venezolano, que culminó con el secuestro del presidente Nicolás Maduro y su esposa, Cilia Flores. En medio de consignas, banderas y lágrimas, el presidente Miguel Díaz-Canel tomó el micrófono y lanzó un discurso de fuego: una defensa férrea de la soberanía latinoamericana y un desafío directo al gobierno de Donald Trump.
“Tendrían que secuestrar a millones o desaparecernos del mapa —dijo con voz firme—, y aún así los perseguiría por siempre el fantasma de este pequeño archipiélago que tuvieron que pulverizar por no poder someterlo”. La frase, cargada de historia y orgullo, resonó como un eco de décadas de resistencia. Desde la Revolución de 1959, Cuba ha sido blanco de sanciones, bloqueos, intentos de invasión y campañas de desestabilización. Pero hoy, en solidaridad con Venezuela, esa resistencia se vuelve continental.
Díaz-Canel no solo honró a los caídos; envió un mensaje inequívoco: Cuba no se doblegará. “No van a intimidarnos”, afirmó, subrayando que la verdadera fuerza de la revolución no está en las armas, sino en la unidad del pueblo. “La unidad es el arma más poderosa”, comparó, evocando la imagen de los “junquillos anudados en el centro del escudo” —una metáfora clásica de la cohesión popular que, sola, puede resistir cualquier embate.
Su discurso también fue una respuesta directa a las reiteradas amenazas de Donald Trump, quien en los últimos meses ha insistido en su intención de “someter” a Cuba, al igual que busca controlar Groenlandia o intervenir en Venezuela. Para La Habana, estos actos no son aislados, sino parte de una estrategia imperial de dominación hemisférica. La operación en Venezuela —calificada por Caracas y La Habana como una violación flagrante del derecho internacional— es vista como una advertencia a toda la región: cualquier gobierno que desafíe los intereses de Washington será blanco de represalias.
Pero lejos de amedrentarse, Cuba ha optado por la movilización, la denuncia y la solidaridad. El acto de este viernes no fue solo un duelo; fue una demostración de fuerza política y moral. Con carteles que decían “¡Manos fuera de Venezuela!” y “¡EE.UU., asesino!”, la multitud coreó consignas antiimperialistas mientras se proyectaban imágenes de los 32 combatientes caídos —muchos de ellos jóvenes, algunos cubanos— que, según el gobierno, participaban en misiones de cooperación médica y de seguridad en el vecino país.
En este contexto, el discurso de Díaz-Canel trasciende lo retórico. Es una declaración de principios: América Latina no es patio trasero de nadie. Y si EE.UU. cree que puede imponer su voluntad mediante operaciones encubiertas, detenciones extrajudiciales o amenazas militares, se equivoca. Porque, como dijo el presidente cubano, incluso si lograran “pulverizar” la isla, su espíritu de resistencia —el “fantasma” del archipiélago— seguiría vivo, en cada rincón del continente.
Mientras tanto, en Washington, las declaraciones de Trump siguen alimentando tensiones. Pero en La Habana, la respuesta es clara: no hay rendición, solo dignidad.
