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EE.UU. define a Groenlandia como ‘activo estratégico’ y amenaza con aranceles a Europa

En Davos, el secretario del Tesoro Scott Bessent justifica la obsesión de Trump por Groenlandia como una cuestión de seguridad nacional, mientras Washington prepara sanciones comerciales contra aliados europeos que desafían su ambición ártica.

Davos, Suiza — En medio del lujo y el poder del Foro Económico Mundial, una declaración cortó el aire diplomático como un cuchillo: Groenlandia no es un territorio soberano, sino un “activo estratégico” para Estados Unidos. Así lo afirmó este lunes el secretario del Tesoro estadounidense, Scott Bessent, en una rueda de prensa que marcó un punto de inflexión en la creciente tensión entre Washington y sus aliados europeos.

La frase, fría y calculada, responde directamente a las críticas internacionales tras la polémica carta de Donald Trump al primer ministro noruego, en la que el presidente vinculó su política exterior con no haber recibido el Premio Nobel de la Paz. “No sé nada sobre esa carta, y creo que es una completa mentira que el presidente esté haciendo esto por el Nobel”, desmintió Bessent. “El presidente considera a Groenlandia como un activo estratégico para Estados Unidos. No vamos a subcontratar nuestra seguridad hemisférica a nadie más”.

Detrás de esa retórica se esconde una estrategia geopolítica clara: el control del Ártico. Con el derretimiento del hielo, la región se ha convertido en una ruta marítima clave, un reservorio de minerales críticos (como tierras raras) y un frente militar vital frente a Rusia y China. Y Groenlandia, con sus 2.1 millones de kilómetros cuadrados, es la pieza central.

Pero lo que ha encendido la mecha es la reacción europea. Tras las amenazas de Trump de “apoderarse” de la isla, Dinamarca, Noruega, Suecia, Finlandia, Alemania, Francia, Reino Unido y Países Bajos enviaron pequeños contingentes militares a Groenlandia para realizar maniobras simbólicas de disuasión. No fue una invasión, sino un mensaje: el Ártico no es botín de guerra.

La respuesta de Washington no se hizo esperar. El sábado, Trump anunció la imposición de un arancel del 10% a todos los productos provenientes de esos países, vigente desde el 1 de febrero de 2026, con un aumento al 25% el 1 de junio. Una medida sin precedentes contra aliados de la OTAN, que muchos interpretan como chantaje económico para forzar la sumisión en asuntos de soberanía ajena.

Bessent, lejos de suavizar el tono, lo endureció. Al negar la motivación personal de Trump, reforzó la narrativa oficial: esto no es capricho, es estrategia. Pero su discurso ignora realidades incómodas: Groenlandia es un territorio autónomo dentro del Reino de Dinamarca, cuyo gobierno local ha repetido hasta el cansancio: “No estamos en venta”. Y su población, mayoritariamente inuit, defiende su derecho a la autodeterminación.

Mientras tanto, en Copenhague y Nuuk, las capitales danesa y groenlandesa, las autoridades observan con alarma. Las maniobras europeas, aunque mínimas —el Reino Unido envió solo un soldado— fueron actos de solidaridad soberana, no provocación. Pero para Washington, cualquier presencia extranjera en “su patio trasero ártico” es una amenaza.

Analistas advierten que esta confrontación podría fracturar la OTAN desde dentro. Si EE.UU. castiga comercialmente a aliados por defender el derecho internacional, ¿qué queda de la alianza? La ironía es profunda: mientras Trump exige lealtad, socava los principios que la sustentan.

En Davos, donde se supone que se construye el futuro, Bessent no habló de cooperación, sino de dominio. Y en ese discurso, Groenlandia dejó de ser una nación con historia, cultura y derechos, para convertirse en un recurso geopolítico.

Pero como han dicho los groenlandeses: nadie puede vender lo que no es suyo. Y mientras el mundo mira, el pequeño archipiélago ártico se convierte en el epicentro de una batalla entre el imperialismo del siglo XXI y el derecho de los pueblos a decidir su destino.

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