Trump amenaza con fuerza para anexar Groenlandia: ‘Ya lo descubrirán’

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En medio de una escalada sin precedentes, Trump rechaza descartar el uso de la fuerza para apoderarse de Groenlandia, mientras Europa responde con maniobras militares y EE.UU. impone aranceles punitivos.

Washington, D.C., 21 de enero de 2026 — La tensión geopolítica en el Ártico ha alcanzado un punto de ebullición. Este martes, durante una rueda de prensa en la Casa Blanca, el presidente Donald Trump fue cuestionado directamente sobre hasta dónde está dispuesto a llegar para cumplir su obsesión de anexar Groenlandia a Estados Unidos. Su respuesta, breve y cargada de ambigüedad, heló la sala: “Ya lo descubrirán”.

Detrás de esas tres palabras se esconde una amenaza implícita que ha sacudido a aliados y adversarios por igual. Durante meses, la administración Trump ha insistido en que el control de la isla ártica es una “necesidad de seguridad nacional”, argumentando que su ubicación estratégica, sus recursos minerales y su rol en las rutas marítimas emergentes la convierten en un activo vital frente a Rusia y China. Pero lo más inquietante es que no ha descartado el uso de la fuerza militar para lograrlo.

Groenlandia, aunque goza de autonomía interna, sigue siendo parte del Reino de Dinamarca, país miembro fundador de la OTAN. Cualquier intento de apropiación unilateral no solo violaría el derecho internacional, sino que fracturaría la alianza transatlántica. Y eso es exactamente lo que está ocurriendo.

La semana pasada, en una demostración de solidaridad soberana, ocho países europeos —Dinamarca, Noruega, Suecia, Francia, Alemania, Reino Unido, Países Bajos y Finlandia— enviaron contingentes militares simbólicos a Groenlandia para realizar maniobras conjuntas. No fue una invasión, sino un mensaje claro: el Ártico no es territorio en disputa, sino espacio de cooperación bajo soberanía danesa.

La respuesta de Trump fue inmediata y contundente. El 17 de enero, anunció la imposición de un arancel del 10% a todas las exportaciones provenientes de esos ocho países, con entrada en vigor el 1 de febrero. Peor aún, advirtió que la tasa se elevará al 25% el 1 de junio de 2026. Una medida comercial sin precedentes contra aliados de la OTAN, que muchos analistas interpretan como chantaje económico para forzar la sumisión en asuntos de soberanía ajena.

La ironía es profunda: mientras Trump exige lealtad a la alianza, castiga a sus miembros por defender los principios que la sustentan: soberanía, autodeterminación y no intervención. En Copenhague y Nuuk, las capitales danesa y groenlandesa, las autoridades han reiterado que Groenlandia no está en venta y que su futuro lo decidirán sus habitantes, no un mandatario extranjero.

Mientras tanto, en Washington, el silencio sobre los métodos posibles para “apoderarse” de la isla genera temor. ¿Se trata de presión diplomática? ¿De sanciones económicas? ¿O de algo más oscuro? La frase “Ya lo descubrirán” deja la puerta abierta a lo peor.

En un mundo ya fracturado por guerras y rivalidades, la obsesión de Trump por Groenlandia no es un capricho aislado. Es un síntoma de un orden internacional en colapso, donde el poder sustituye al derecho y los territorios se tratan como mercancías. Y en ese escenario, el pequeño archipiélago ártico se ha convertido en el epicentro de una batalla entre el imperialismo del siglo XXI y el derecho de los pueblos a existir libres.

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