
Mientras Washington amenaza con aranceles, Sheinbaum y Pemex defienden un contrato comercial de 496 millones de dólares que pone a prueba la autonomía energética mexicana frente a la presión geopolítica estadounidense
El aire matutino del 4 de febrero se cargó de firmeza en la sede del gobierno mexicano. Desde el estrado de la tradicional conferencia mañanera, la presidenta Claudia Sheinbaum despejó con precisión contable y tono soberano las dudas sobre uno de los temas más sensibles en la relación bilateral con Estados Unidos: el suministro de petróleo a Cuba. “Con Cuba hay un crédito abierto y ellos van pagando. Es mucho más por contrato que por ayuda humanitaria”, afirmó la mandataria, desmontando con datos la narrativa de una supuesta dádiva política y reafirmando el carácter estrictamente comercial de una operación que en 2025 alcanzó los 496 millones de dólares en productos petrolíferos.
Detrás de estas cifras se esconde una historia de resistencia diplomática. Desde 2023, Petróleos Mexicanos mantiene un único contrato comercial con la isla caribeña, un acuerdo que hoy cobra relevancia geopolítica ante las recientes advertencias de la administración Trump: cualquier país que exporte crudo a Cuba, directa o indirectamente, enfrentará aranceles punitivos. Pero México no retrocede. Sheinbaum fue clara: “México es un país soberano y buscará todas las vías diplomáticas” ante estas presiones, mientras reiteraba el compromiso humanitario con el pueblo cubano sin renunciar al principio de reciprocidad comercial.
Víctor Rodríguez Padilla, director de Pemex, aportó los detalles técnicos que blindan la operación ante críticas. Durante su intervención explicó que Cuba “está pagando los envíos de petróleo, claro que sí, no tenemos ninguna factura vencida conforme al contrato. Son muy formales en sus pagos”. Estas palabras buscan neutralizar el argumento estadounidense de que México financia un régimen en crisis. Además, Rodríguez contextualizó la magnitud real del intercambio: las ventas a Cuba representaron en 2025 menos del 1% de la producción nacional de crudo y apenas el 0.1% de las ventas totales de combustibles de la petrolera estatal. “Trabajamos con más de 50 países en el comercio de combustibles, crudo y derivados”, recordó, normalizando así una operación que Washington intenta politizar.
El contrato, abierto y flexible, responde a las necesidades puntuales del gobierno cubano y a la disponibilidad operativa de Pemex. No se trata de un flujo constante ni masivo, sino de embarques programados según requerimientos específicos. Esta estructura permite a México mantener su postura solidaria sin comprometer su seguridad energética interna, un equilibrio delicado en momentos de creciente demanda doméstica.
Pero el escenario se complica. Rodríguez adelantó que a partir de marzo, Pemex disminuirá aún más sus exportaciones petroleras como parte de una estrategia para priorizar el consumo interno: “el crudo que se produce en México será para beneficio de los mexicanos”. Esta decisión responde a presiones internas por garantizar el abasto nacional, pero también podría interpretarse como una maniobra táctica frente a las amenazas arancelarias estadounidenses: reducir gradualmente el volumen hacia Cuba sin romper el contrato ni ceder a presiones externas.
Mientras Washington endurece su embargo histórico contra La Habana, México navega aguas turbulentas entre principios y pragmatismo. La postura de Sheinbaum refleja una doctrina de política exterior que busca recuperar la autonomía perdida en administraciones anteriores, pero también expone las tensiones inherentes a ser vecino de una superpotencia que considera América Latina su “patio trasero”. Cada barril enviado a Cuba se convierte así en un acto simbólico: no solo un intercambio comercial, sino una declaración de independencia diplomática.
El mundo observa. Si Washington aplica los aranceles anunciados, México deberá decidir entre sacrificar ingresos petroleros o enfrentar una disputa comercial con su principal socio económico. La respuesta de Sheinbaum hasta ahora ha sido inequívoca: el respeto a los contratos firmados y la soberanía nacional no son negociables. En un tablero geopolítico donde las alianzas se rompen y renegocian a diario, México apuesta por mantener su palabra comercial incluso cuando el precio es la fricción con su poderoso vecino del norte. El petróleo, ese recurso que durante décadas definió la identidad nacional mexicana, se convierte hoy en el termómetro de su capacidad para decir “no” sin temblar.