
nte la Celebración de Trump de la Guerra de Intervención como un “Acto Heroico”, la Presidenta Mexicana Reivindica la Soberanía y Traza una Línea Histórica con el Pasado.
La historia, esa maestra implacable, volvió a colocarse en el centro de la tensa relación entre México y Estados Unidos. Pero esta vez, no fue un tema de migración o comercio, sino de memoria y dignidad nacional. El detonante fueron las declaraciones del presidente estadounidense, Donald Trump, quien el día de ayer calificó como un “acto heroico” la invasión de Estados Unidos a México en 1847, una guerra que culminó con la ocupación de la capital mexicana y la pérdida de más de la mitad del territorio nacional.
Frente a este revisionismo histórico que resonó como un agravio, la presidenta Claudia Sheinbaum no esperó. En su conferencia matutina de este día, tomó el podio para dar una respuesta contundente, clara y cargada de simbolismo. “Ya saben cuál es mi opinión. No somos Santa Anna, hay que defender la soberanía”, afirmó la mandataria, trazando con esa frase una línea divisoria entre el pasado de sumisión que representa el controvertido general Antonio López de Santa Anna y el presente de defensa nacional que ella encabeza.
Sus palabras, breves pero densas, estaban dirigidas a dos audiencias. A Trump, para dejarle claro que México no aceptará narrativas que glorifiquen la agresión y el despojo territorial como gestas heroicas. Y a los mexicanos, para reafirmar un principio de soberanía inquebrantable. “Sheinbaum subrayó que México debe defender su soberanía y su historia, y dejó claro que su gobierno no permitirá narrativas que minimicen al país ni su dignidad nacional”, según reportaron los medios presentes.
La referencia a Santa Anna no fue casual. El general es una figura históricamente asociada a la derrota, la inconsistencia y la cesión de territorio. Al decir “no somos Santa Anna”, Sheinbaum no solo rechazó la comparación implícita que pudiera hacer Trump, sino que se colocó en la antítesis de ese legado: la de la defensa firme, la dignidad y la resistencia. Era un mensaje de que, bajo su gobierno, México no claudicaría ni ante la presión económica, ni ante la retórica hostil, ni ante la reescritura ofensiva de la historia compartida.
El episodio, más allá de la anécdota, refleja el estado de una relación bilateral que se debate entre la cooperación necesaria y el roce constante. Mientras Trump recurre a símbolos nacionalistas del expansionismo estadounidense del siglo XIX, Sheinbaum responde con los símbolos de la resistencia y la soberanía mexicana del siglo XXI. En este duelo de narrativas, la presidenta dejó claro que, en la mesa de la historia, México ya no se sienta del lado de la derrota, sino del lado de quien exige respeto. La guerra de 1847 terminó hace mucho, pero la batalla por su significado acaba de reavivarse.