Sheinbaum Proclama el Éxito del Rescate de Pemex y Sepulta el “Mito Neoliberal” de la Privatización.

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Con Datos en Mano y un Discurso Combativo, la Presidenta Celebra la Recuperación de la Petrolera como “Empresa del Pueblo” y Atribuye el Logro a la Política de Estado de la 4T.

En el salón de la mañanera, donde a menudo se debaten las coyunturas del día, este jueves se libró una batalla por la memoria económica de las últimas décadas. Con el director de Petróleos Mexicanos, Víctor Rodríguez, a su lado exhibiendo gráficas alentadoras, la presidenta Claudia Sheinbaum tomó el micrófono no solo para celebrar los buenos resultados de la empresa, sino para derribar lo que calificó como una “mentira” fundacional del modelo anterior: la idea de que la privatización trae eficiencia.

“Estos resultados tienen que ver con, entre otros, a que tenemos hoy 8 refinerías en el país funcionando. Las 6 refinerías históricas, Dos Bocas y Deer Park”, detalló Sheinbaum con tono pedagógico, enumerando el músculo refinador recuperado. “Y se está vendiendo por una estrategia de comercialización, muy bien y además se genera soberanía. Es algo muy importante, procesar petróleo en México es fundamental”. Sus palabras iban más allá de los balances; eran una reivindicación política de un proyecto que inició su antecesor, Andrés Manuel López Obrador, y que ella ha continuado: el rescate de Pemex como columna vertebral de la soberanía energética.

La presidenta trazó una línea históoria clara y divisoria. “Se dedicaron 36 años a desaparecer Pemex, y hoy, Pemex se recuperó”, afirmó, cargando contra lo que describió como un “intento neoliberal” de desmembrar y finalmente privatizar la empresa. Apuntó directamente al origen de esa estrategia: “la fragmentación de sus funciones que había comenzado desde 1992 en el sexenio de Carlos Salinas de Gortari”. Con frase contundente, sentenció: “Su objetivo era privatizar cada pedazo”.

Frente a ese modelo, Sheinbaum opuso el de la 4T: la reintegración, el fortalecimiento como empresa pública y la redefinición de su esencia. “Las empresas del estado son empresas públicas, o sea del pueblo, de la nación. Y en segundo, que la producción de las empresas públicas no puede considerarse monopolio”, argumentó, desafiando otra de las críticas clásicas al gigante estatal. Su gobierno, dijo, no solo rescató a Pemex financieramente, sino que garantizó “la participación de los trabajadores de Pemex en la empresa”, completando la visión de una empresa social.

El mensaje final fue una declaración de principios que resonó como un cierre de ciclo ideológico. “Hoy tenemos una empresa del pueblo, y a diferencia de lo que decían, que mientras más se privatizaba, más eficiente era, pues ahora estamos demostrando todo lo contrario. Mientras más integrada esté, más al servicio del pueblo, más eficiente es”. Con esa conclusión, Sheinbaum no solo celebraba números positivos en refinación y reducción de deuda; estaba enterrando el paradigma económico que gobernó México por décadas y coronando el suyo propio. En su relato, Pemex ya no es el paciente terminal de la privatización, sino el símbolo vivo de que el Estado, cuando tiene voluntad política, puede ser un administrador exitoso. La eficiencia, concluyó, no tiene bandera privada; tiene dueño: el pueblo.

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