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Trump Provoca a México al Celebrar la Invasión de 1847 como un “Acto Heroico” y una “Victoria Legendaria”.

En un Discurso que Reescribe la Historia y Enciende la Memoria Nacional, el Mandatario Estadounidense Ensalza la Guerra que Despojó a México de Más de la Mitad de su Territorio.

En un acto que mezcla la conmemoración histórica con la provocación geopolítica, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, generó este día una polémica que atraviesa la frontera y el tiempo. Al celebrar el aniversario número 178 de lo que él llamó el “triunfo de nuestra nación en la Guerra México-EU”, Trump glorificó sin ambages la invasión estadounidense de 1847 que culminó con la toma de la Ciudad de México y, como consecuencia, el despojo de más del 55% del territorio mexicano.

“El día de hoy conmemoramos el aniversario número 178 del triunfo de nuestra nación en la Guerra México-EU, una victoria legendaria que nos aseguró el suroeste de EU, que reafirmó la soberanía de EU y extendió la promesa de la independencia a lo largo de nuestro majestuoso continente”, declaró Trump desde un podio cargado de simbolismo nacionalista. Sus palabras, cuidadosamente elegidas, omitieron por completo las miles de bajas mexicanas, el trauma nacional y lo que la historiografía crítica considera uno de los primeros actos imperialistas de Estados Unidos.

El mandatario fue más allá de la simple remembranza. Presentó la guerra como una epopeya de conquista. “Tras una serie de victorias en los territorios mexicanos de California y Nuevo México, en un triunfo decisivo para la soberanía estadounidense, Estados Unidos capturó heroicamente la Ciudad de México”, celebró. El uso del adverbio “heroicamente” para describir la captura de una capital extranjera resonó como un agravio, transformando una guerra de agresión en un relato de valentía y destino manifiesto.

El contexto actual hace que la declaración sea aún más explosiva. Trump ha amenazado repetidamente con la posibilidad de una intervención unilateral en territorio mexicano para combatir a los cárteles del narcotráfico, una idea que ya había tensado al máximo la relación bilateral. Este discurso, que exalta el pasado bélico y presenta el Tratado de Guadalupe-Hidalgo de 1848 –el documento que formalizó la cesión territorial– como un “símbolo de fuerza estadounidense”, parece enviar un mensaje subliminal: así como antes, Estados Unidos tiene el poder y la voluntad de imponer su fuerza.

En su narrativa, no hubo espacio para la solidaridad, el reconocimiento del dolor ajeno o la complejidad histórica. Trump centró su mensaje en ensalzar las pérdidas estadounidenses, presentando la invasión como una demostración de poder militar y dominio territorial que “extendió la promesa de la independencia”. Para México, esa “promesa” significó la amputación más grande de su historia. Al reescribir ese capítulo como una gesta heroica, Trump no solo ofende la memoria mexicana; reactiva el fantasma de un expansionismo que muchos creían relegado a los libros de texto. En la fría retórica de la conmemoración, se enciende una nueva chispa de desconfianza entre dos vecinos con una herida común que uno insiste en llamar triunfo, y el otro, despojo.

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