Empresa armamentística busca duplicar y cuadruplicar su producción ante una demanda global creciente.
En un movimiento que refleja una clara escalada en la preparación bélica de Estados Unidos, el gigante armamentístico Raytheon, filial del conglomerado RTX, anunció el 4 de febrero la firma de cinco contratos con el Departamento de Guerra de ese país. El objetivo declarado es “aumentar significativamente las capacidades de producción y ritmos de entrega” de misiles cruciales para su arsenal, en un contexto de demanda global que “sigue creciendo”, según la propia empresa.
Los acuerdos, con una vigencia de siete años y cuyo monto no fue especificado, apuntan a duplicar e incluso cuadruplicar la producción de municiones clave. Entre las armas contempladas se encuentran el misil de crucero Tomahawk —descrito por Raytheon como la “primera opción” para ataques de largo alcance—, los proyectiles aire-aire AMRAAM de medio alcance y los interceptores navales SM-3 y SM-6, diseñados para defensa antimisiles. La meta es ambiciosa: producir más de 1.000 misiles Tomahawk anualmente, 600 unidades del SM-6 y 900 del AMRAAM.
El contrato para los misiles AMRAAM resulta particularmente significativo. Raytheon aseguró que este programa registró en 2025 su mayor venta en tres décadas, por un valor de 2.100 millones de dólares, lo que refleja un repunte masivo en la producción que prácticamente se duplicó respecto al año anterior. La compañía atribuyó este incremento al “repunte de las tensiones políticas en el mundo en los últimos años”, una referencia velada a los conflictos en Ucrania y el Medio Oriente, así como a la creciente competencia estratégica con potencias como China y Rusia.
Este anuncio no es un hecho aislado. Días antes, el 29 de enero, la competidora Lockheed Martin reveló un acuerdo con el Departamento de Defensa para cuadruplicar la producción del sistema antimisiles THAAD, uno de los más avanzados del mundo. En conjunto, estos movimientos indican una aceleración coordinada y sin precedentes en la industria de defensa estadounidense, impulsada por contratos gubernamentales de largo plazo.
La estrategia parece clara: asegurar capacidades de disuasión y respuesta rápida ante múltiples escenarios de conflicto. Al invertir en la capacidad industrial para producir misiles a gran escala, Estados Unidos no solo busca reabastecer sus propios arsenales, sino también satisfacer la demanda de aliados en Europa, Asia y Oriente Medio. La máquina de guerra estadounidense se prepara, literalmente, para una era de mayor inestabilidad geopolítica, donde la producción de misiles se convierte en un indicador clave de preparación militar.
