El mandatario estadounidense advirtió consecuencias “muy traumáticas” para Teherán si fracasan las negociaciones indirectas en Omán, mientras prepara despliegue de segundo portaviones a Oriente Medio.
Dos portaviones cortan las aguas del Golfo Pérsico. En Washington, Donald Trump contó regresivamente: treinta días para que Irán firme un entendimiento o enfrente lo que llamó “un momento muy difícil”. Las palabras resonaron como eco del “Martillo de Medianoche” —la operación militar que castigó a Teherán tras el asesinato del general Soleimani— mientras el presidente insistía: “En última instancia, la decisión depende de mí”.
La presión comenzó semanas atrás cuando Trump amenazó intervención armada bajo el pretexto de protestas internas iraníes. Al cesar las manifestaciones, reorientó su argumento hacia los programas nuclear y de misiles balísticos. El viernes en Mascate, Omán, los equipos negociadores se reunieron en habitaciones separadas: el canciller iraní Abbas Araghchi y el enviado estadounidense Steve Witkoff intercambiaron posiciones a través de un mediador omaní, sin mirarse a los ojos. Ambos calificaron el ambiente como “positivo”. Pero las sonrisas diplomáticas ocultan abismos irreconciliables.
Teherán advirtió repetidamente estar preparado para responder con “golpes pesados” ante cualquier “error estratégico” de Washington. Un cese total del enriquecimiento de uranio es “absolutamente inaceptable” para la República Islámica, según sus propias declaraciones. Mientras tanto, Trump celebraba una “muy buena reunión” con Netanyahu, aunque subrayó que el primer ministro israelí no tiene voto decisivo en el acuerdo final. “Deberían haber llegado a un entendimiento la primera vez”, recriminó el mandatario, evocando el acuerdo nuclear de 2015 que su administración abandonó en 2018.
El punto de máxima tensión llegó cuando Trump reveló que evalúa enviar un segundo buque de guerra a la región. “Tenemos una Armada que se dirige hacia allá y otra podría estar en camino”, afirmó con frialdad calculada. Las palabras no fueron casualidad: coincidieron con su advertencia de que un pacto injusto desencadenaría consecuencias “muy traumáticas”. La paradoja flota en el aire del Golfo: mientras equipos diplomáticos intercambian señales en Omán, buques de guerra avanzan hacia aguas disputadas. Treinta días para evitar lo que ambos bandos llaman “catástrofe”. Treinta días para que la diplomacia silencie el rugido de los motores navales.
