Sheinbaum fija meta de 20% de energía limpia en la matriz eléctrica mientras rechaza fracking pero explora gas no convencional con tecnologías menos dañinas.
Tres de cada cuatro metros cúbicos de gas que alimentan hornos, calentadores y plantas industriales mexicanas cruzan diariamente la frontera desde Texas. Esta cifra, revelada con crudeza en la tribuna informativa, desnuda una vulnerabilidad estratégica que la administración actual busca revertir mediante dos frentes simultáneos: la aceleración de proyectos solares, eólicos y geotérmicos, y la revitalización de la producción doméstica de hidrocarburos sin recurrir a métodos altamente contaminantes.
La mandataria federal estableció una meta ambiciosa pero realista: incrementar la participación de fuentes renovables en la generación eléctrica nacional entre quince y veinte puntos porcentuales antes de concluir su mandato. Sin embargo, matizó con firmeza que este despliegue tecnológico no ocurrirá a costa de territorios ni comunidades. Cada parque eólico, cada campo solar, deberá garantizar beneficios tangibles para las poblaciones locales y operar bajo consenso social previo. “No son las renovables por las renovables”, enfatizó, trazando una línea divisoria clara entre el desarrollo energético extractivista y el modelo comunitario que su gobierno impulsa.
El segundo pilar de la estrategia ataca el corazón de la dependencia externa. Mientras equipos técnicos trabajan en optimizar la extracción de gas convencional en yacimientos existentes, un comité especializado analiza la viabilidad de explotar reservas no convencionales mediante innovaciones que eviten los estragos ambientales del fracking tradicional. Entre las alternativas en estudio figuran sistemas de reciclaje integral de agua y formulaciones químicas de menor toxicidad, aunque la presidenta fue categórica al descartar la fractura hidráulica en su forma actual.
Este doble impulso se inserta en una trayectoria iniciada durante la administración previa, cuyos resultados ya son tangibles: el ochenta por ciento del consumo nacional de gasolinas y diésel se satisface con crudo extraído, refinado y distribuido dentro del territorio mexicano. La rehabilitación de seis refinerías históricas y la puesta en marcha de la instalación de Dos Bocas rompieron décadas de subordinación a importaciones masivas de combustibles derivados.
El punto de tensión emerge al contrastar urgencia climática con necesidades energéticas inmediatas. Mientras el mundo avanza hacia descarbonización acelerada, México enfrenta el desafío de garantizar suministro estable sin profundizar su dependencia de proveedores extranjeros. La apuesta gubernamental busca navegar esta contradicción mediante transición gradual: reducir paulatinamente combustibles fósiles mientras se consolida soberanía en gas natural y se expande capacidad renovable con justicia territorial.
La meta final trasciende cifras técnicas: construir un sistema energético donde el control de los recursos estratégicos resida en manos nacionales, las comunidades sean sujetos activos del desarrollo y la transición ecológica no se convierta en nuevo vector de despojo.
