
La Presidenta federal planta cara a PRI y PAN: eliminar plurinominales afecta a Anaya y Alito, pero Morena no tiene problema; advierte que no negociará por consenso.
“¿Ustedes creen que el PRI va a estar de acuerdo? ¿Ustedes creen que el PAN, que Anaya, esté de acuerdo?” Claudia Sheinbaum lanzó las preguntas como dardos desde el atril. No esperó respuestas. Ella ya las conocía. La reforma electoral que propone elimina las listas plurinominales. Y eso, dijo, duele donde más les duele a las cúpulas partidistas: en el bolsillo y en el poder. Pero a ella no le importa. Aunque el Congreso la rechace, no cederá.
La conferencia mañanera de este miércoles tenía un tono distinto. Sheinbaum no solo presentaba una reforma. Se plantaba. Dejaba claro que el chantaje no funciona con ella. Que las presiones legislativas no doblarán su postura. Y que si la iniciativa no pasa, no será una derrota. Será, dijo, una victoria.
Porque la victoria, explicó, no está en que todos aprueben lo mismo por consenso. Está en no ceder frente a negociaciones que desvirtúan lo que la gente pidió.
La reforma, insistió, es racional. Razonable. Y cumple con lo que la ciudadanía exigió en todas las encuestas: que las cúpulas partidistas no sigan decidiendo quién llega al Congreso sin pasar por el voto popular.
Sheinbaum fue directa. Señaló con nombre y apellido a los que, según ella, se beneficiaron del viejo sistema. Ricardo Anaya, coordinador de los senadores panistas, que llegó como plurinominal después de estar escondido en Estados Unidos para evitar una orden de aprehensión. Alejandro Moreno, dirigente del PRI, que enfrenta procesos penales frenados por su fuero político.
“¿Ustedes creen que van a estar de acuerdo con que les quiten la lista pluri?”, preguntó retóricamente. La respuesta es obvia: no.
En cambio, dijo, Morena no tiene problema. El partido elige a sus plurinominales por tómbola. Todos sus cuadros salen a territorio a pedir el voto. No dependen de listas cerradas impuestas desde las dirigencias.
Pero la reforma no solo elimina las listas plurinominales. También reduce en 25% el gasto electoral. Eso incluye prerrogativas de partidos, administración y operación del INE, órganos locales y propaganda electoral. Un tijeretazo directo al presupuesto que engorda a las maquinarias partidistas.
Además, fortalece la democracia participativa. Amplía mecanismos como consultas populares, referéndums y revocación de mandato. Ya no solo a nivel federal, también en estados y municipios.
La tensión está servida. Sheinbaum sabe que PRI y PAN se opondrán. Sabe que usarán todos sus recursos para frenar la iniciativa. Pero también sabe que, si la reforma no pasa, tendrá un argumento político poderoso: ella no cedió. Ella mantuvo su compromiso con la gente, no con las cúpulas.
“Depende de la gente, uno no puede obligar a nadie”, dijo. Una frase que suena a aceptación de la derrota legislativa, pero que en realidad es una advertencia política. Si los partidos bloquean la reforma, cargarán con el costo electoral.
Sheinbaum cerró con una declaración que resuena como tesis de su gobierno: “Es una victoria, porque no cedí frente a lo que pudiera ser una negociación para que todo el mundo aprobara lo mismo por consenso”. En otras palabras, prefiere una reforma que no pase a una reforma desvirtuada. Prefiere la derrota legislativa a la traición de principios. El mensaje está lanzado. El Congreso tendrá la palabra.