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Sheinbaum dinamita el sistema: adiós a plurinominales y recorte al gasto electoral

Cuauhtémoc, Ciudad de México. 25 de febrero 2026. La presidenta constitucional de los Estados Unidos Mexicanos, la Doctora Claudia Sheinbaum Pardo en conferencia de prensa matutina en el salón de la Tesorería de Palacio Nacional. La acompañan: Rosa Icela Rodríguez Velázquez, secretaria de Gobernación; Pablo Gómez comisionado presidente de la Comisión Presidencial para la Reforma Electoral; Arturo Zaldívar, coordinador de Política y Gobierno; Lázaro Cárdenas Batel, Jefe de la Oficina de la Presidencia; Jesús Ramírez Cuevas, coordinador de asesores de la Presidencia de la República; Merino, Director de la agencia de transformación digital y Telecomunicaciones; Esthela Damián Peralta, consejera jurídica del Ejecutivo Federal y Miguel Ángel Elorza Vázquez, coordinador de Infodemia. Foto: Juan Carlos Buenrostro/Presidencia

La Presidenta federal presenta reforma que elimina listas cerradas, reduce presupuesto a partidos y prohíbe nepotismo; ella misma revela que rechazó dos veces ser plurinominal.

“Me negué”. La frase cayó como un puñal en el atril. Claudia Sheinbaum no solo presentó una reforma electoral. Se puso a sí misma como ejemplo. Dos veces, dijo, le ofrecieron ser diputada plurinominal. Dos veces dijo que no. 2009 y 2012. Andrés Manuel López Obrador la propuso. Ella rechazó. Y hoy, desde la Presidencia, propone enterrar para siempre ese sistema.

La conferencia matutina del 24 de febrero no fue una más. Sheinbaum llegó acompañada de Pablo Gómez y Rosa Icela Rodríguez. El tema: una reforma electoral que sacudirá los cimientos del Congreso. Pero antes de soltar los detalles técnicos, la Presidenta soltó una declaración personal que nadie esperaba.

Había tenido la oportunidad, dijo. En 2009 y 2012. Diputada y senadora plurinominal. Todo resuelto, todo cerrado. Pero ella dijo no. Quería votos, no dedazos. Quería campaña, no escritorio. Quería territorio, no listas.

Y entonces, con esa confesión como anzuelo, desglosó la reforma que enviará al Congreso de la Unión.

El corazón de la iniciativa es simple en apariencia, demoledor en la práctica: eliminar las listas de plurinominales definidas por las dirigencias partidistas. Ese mecanismo que permitía a políticos llegar al Congreso sin pisar una calle, sin pedir un voto, sin sudar una campaña.

Sheinbaum fue tajante: “La gente dijo: no queremos que sean las cúpulas de los partidos quienes se mantengan como diputados, como senadores, sin pasar por el voto popular”. La reforma recoge ese reclamo ciudadano y lo convierte en ley.

Pero no solo eso. También reduce el presupuesto de los partidos políticos. Ajusta el gasto electoral a la política de austeridad republicana. Prohíbe prácticas como el favoritismo y el nepotismo. Y ataca la reelección automática.

¿Cómo funcionará el nuevo sistema? Se mantienen los 500 diputados federales. 300 de mayoría relativa, como ahora. 200 de representación proporcional. Pero aquí viene el cambio: ya no habrá listas cerradas impuestas por las cúpulas. La mitad de esos 200 se asignarán por fórmula electoral. La otra mitad se votará directamente. Dos candidatos por partido, un hombre y una mujer, para que la ciudadanía decida.

Sheinbaum sabía que vendrían las acusaciones. Que algunos dirían que quiere imponer un partido único. Que otros hablarían de autoritarismo. Por eso fue clara: “En ningún punto se plantea un partido de Estado”. El objetivo, insistió, es fortalecer la diversidad política respetando la voluntad popular.

Pero la tensión está servida. Los partidos políticos, acostumbrados a manejar las listas plurinominales como feudos personales, perderán ese poder. Las dirigencias ya no podrán colocar a sus favoritos sin pasar por las urnas. El Congreso cambiará su composición. Y la pregunta flota en el aire: ¿se dejarán reformar los que serán reformados?

Sheinbaum cerró con una anécdota que es también una advertencia. Ella pudo haber sido plurinominal dos veces. Dos veces prefirió no serlo. Hoy, desde la Presidencia, propone que nadie vuelva a tener esa opción. Que todos los que lleguen al Congreso lo hagan por decisión popular, no por dedazo. La reforma ya está en marcha. El mensaje es claro: el viejo sistema se acaba. Y quien quiera un escaño, tendrá que ganárselo en la calle.

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