La mandataria coordina personalmente un pacto de Estado con productores e industriales para frenar el desplome internacional. El plan incluye insumos baratos, compras garantizadas y un blindaje para la próxima siembra.
La orden llegó desde Palacio. Ante la tormenta perfecta que azota al campo, Claudia Sheinbaum decidió intervenir con una estrategia de guerra. Los gigantes de la harina de maíz, Gruma y Minsa, fueron sentados a la mesa con un objetivo innegociable: pagar más de lo que marca el mercado. La jefa del Ejecutivo lo reveló desde su conferencia matutina: el gobierno federal ya no solo observa la volatilidad de la bolsa de Chicago, ahora la combate con acuerdos directos que obligan a la industria a comprar caro para salvar al productor.
El problema no es local, pero la solución se teje desde Sinaloa. Sheinbaum detalló que las lluvias torrenciales de 2025 desatadas en varios puntos del planeta provocaron una distorsión global en los precios del grano. A eso se suma la mecánica del T-MEC, que ata el costo del maíz a los vaivenes especulativos de la bolsa estadounidense. Frente a este escenario, la respuesta no fue un subsidio tradicional, sino una mesa de negociación de alto nivel. La mandataria preside personalmente las reuniones con los agricultores de maíz híbrido; ya van dos encuentros y el tercero está en puerta. El resultado es un pacto de tres patas: gobierno federal, administración estatal y los grandes compradores
El plan es un mecanismo de múltiples capas. Sheinbaum explicó que los compradores de maíz blanco, encabezados por las industrias de la tortilla, ya aceptaron adquirir el producto a un valor superior al vigente. La medida tiene un componente de presión implícita: incluso quienes ya habían asegurado maíz importado están renegociando para cumplir con el compromiso. Pero el blindaje no termina ahí. La estrategia apunta a reconfigurar la cadena de producción. La jefa del Ejecutivo identificó un cuello de botella histórico: los productores compran insumos por separado, encareciendo la semilla y el fertilizante. Por eso, la tercera pata de la negociación incluirá a los proveedores, a quienes se les exigirá un “precio preferencial” para los campesinos mexicanos. El objetivo es una estabilidad duradera, un pacto de largo aliento entre quien siembra y quien industrializa.
El fantasma de la especulación y la dependencia comercial sobrevuela el campo. Mientras Sheinbaum anuncia estos acuerdos, en paralelo se ejecuta una operación de rescate en el Bajío y Chihuahua, donde la cosecha es más temprana. Desde noviembre, las brigadas gubernamentales trabajan para destrabar las reglas de operación, que resultaron un obstáculo burocrático. La urgencia es tal que se han simplificado los procesos: de los 27 mil productores afectados en esa región, solo 6 mil habían recibido apoyo, pero la promesa es que en cuestión de días todos tengan el recurso en sus manos. La tensión radica en la velocidad: el gobierno contra el reloj, mientras los precios internacionales no esperan.
Sheinbaum no solo promete, sino que revela la ingeniería del rescate. La próxima cosecha en Sinaloa ya tiene un plan de garantías. Y más allá de la coyuntura, los programas estructurales como “Cosechando Soberanía” y “El Maíz Es La Raíz” avanzan para dotar de equipo y capacitación a los productores de maíz nativo. La apuesta es clara: transformar la vulnerabilidad de la bolsa de Chicago en una fortaleza de acuerdos nacionales. El campo mexicano, en medio de la tormenta global, no se hunde: se amarra a un pacto de Estado.
