La presidenta presenta una reforma electoral de 10 puntos que reduce 25% el costo de los comicios, elimina las listas plurinominales cerradas y prohíbe el nepotismo; asegura que no será una derrota si no se aprueba y que tiene un “plan B”
El paquete ya está listo. Este 4 de marzo, la propuesta de Reforma Electoral de Claudia Sheinbaum cruzó las puertas de la Cámara de Diputados. No es una iniciativa menor: son diez puntos, bautizados como “Decálogo por la Democracia”, que buscan reconfigurar las reglas del juego político en México. La presidenta lo presentó en la Mañanera del Pueblo con un mensaje claro: esto no es un capricho, es un compromiso con la gente.
El corazón de la reforma late en dos direcciones: menos dinero y más control. El punto 2 propone una reducción del 25% en el costo total de las elecciones. El recorte alcanzaría al INE, los partidos políticos, los organismos electorales locales y los tribunales. La idea es que el dinero que hoy se gasta en burocracia electoral se redirija o simplemente se ahorre.
El punto 1 es quizás el más simbólico. Los 200 diputados de representación proporcional —las llamadas plurinominales— ya no se asignarán mediante listas cerradas. En su lugar, 100 escaños serán para los mejores segundos lugares en sus distritos, y los otros 100 se elegirán directamente por la gente, con paridad de género como principio rector. La fórmula busca acercar el congreso a la ciudadanía y romper con la designación cupular.
La fiscalización también se endurece. El punto 3 plantea que el INE tenga acceso oportuno a las operaciones financieras de partidos y candidatos, con prohibición absoluta del uso de efectivo. Todo el dinero deberá moverse dentro del sistema financiero, y se impulsará el uso de tecnologías para rastrear los recursos.
El voto en el extranjero, una demanda histórica, encuentra espacio en el punto 4. Se crearán ocho diputaciones migrantes y se fortalecerán los mecanismos para que los mexicanos residentes fuera del país puedan participar en esa elección. La representación, dice la iniciativa, debe incluir a quienes están lejos.
La comunicación política también se ajusta. El punto 5 reduce los tiempos de radio y televisión para los partidos en periodo electoral: de 48 a 35 minutos diarios por emisora. Menos spots, más contenido, es la lógica implícita.
La inteligencia artificial entra por primera vez en la ley electoral. El punto 6 propone regular su uso en campañas, así como el de bots y otros mecanismos artificiales en redes sociales que busquen alterar los comicios. Es un intento de ponerle dique a la desinformación automatizada.
Los cómputos distritales, según el punto 7, iniciarán al término de la jornada electoral. La idea es dar certeza lo más pronto posible y evitar las largas esperas que en el pasado generaron desconfianza.
La democracia participativa se amplía en el punto 8. Plebiscitos, consultas populares y revocación de mandato se fortalecerán en estados y municipios, con posibilidad de usar tecnologías como el voto electrónico. Es un guiño a la participación directa más allá de las urnas tradicionales.
El punto 9 ataca una práctica muy mexicana: el nepotismo. Los cargos de elección popular no podrán ser heredados a familiares directos. La frase suena simple, pero su implementación podría sacudir dinastías políticas locales.
Finalmente, el punto 10 prohíbe la reelección consecutiva inmediata en todos los niveles a partir de 2023. Con esto, Sheinbaum cierra la puerta a la perpetuación en el poder que se había abierto en reformas anteriores.
La presidenta fue clara en que la decisión final está en el Congreso. Pero también dejó claro que no se tomará como una derrota personal si la iniciativa no prospera. “Para mí es una victoria porque estoy presentando una propuesta que me pidió la gente”, afirmó. Y reveló que tiene un “plan B” en caso de rechazo, aunque evitó dar detalles.
El Decálogo ya está en manos de los diputados. Lo que pase después definirá no solo el futuro electoral de México, sino también la capacidad de Sheinbaum para mover las piezas del tablero legislativo.
