La sexta jornada consecutiva de ataques entre Israel, Estados Unidos e Irán enciende las alarmas en Europa, mientras Italia se desmarca del conflicto y España condiciona su apoyo a Chipre.
El Estrecho de Ormuz ya tiene dueño. Al menos durante la guerra. Irán ha puesto bajo su puño de hierro una de las rutas marítimas más estratégicas del planeta, advirtiendo que cualquier buque que no acate sus reglas “podría ser atacado o hundido”. La declaración del general de brigada Kiumars Heidari no es una amenaza vacía: esta madrugada, un petrolero estadounidense ardía en llamas en el Golfo Pérsico después de ser alcanzado por la Guardia Revolucionaria.
La escalada comenzó el sábado 28 de febrero. Misiles y drones de Estados Unidos e Israel surcaron el cielo hacia territorio iraní. Desde entonces, cada amanecer ha traído nuevas explosiones. Este jueves, Israel lanzó su duodécima oleada: 90 aviones de combate, 200 municiones, 40 objetivos en Teherán. Cuarteles, centros de mando, almacenes de armas. La capital iraní vibra bajo las bombas por sexto día consecutivo.
Irán no se ha quedado de brazos cruzados. Mientras sus ciudades son bombardeadas, sus fuerzas han golpeado más allá de sus fronteras: un ataque con drones contra una base estadounidense en Erbil, Irak, y el petrolero en llamas en el Golfo. La represalia tiene nombre propio: Cuerpo de la Guardia Revolucionaria.
Detrás de los partes de guerra, la cifra de fallecidos crece sin pausa. La Fundación de los Mártires y Asuntos de los Veteranos de Irán elevó el recuento a 1,230 muertos. La portavoz del gobierno iraní, Fatemeh Mohajerani, acusó a la coalición enemiga de no distinguir entre blancos militares y civiles. Según su relato, hospitales, escuelas y servicios de emergencia también han sido alcanzados. Las cifras, admite, son provisionales. El caos sobre el terreno impide verificarlas con precisión.
Los blancos confirmados por Israel incluyen el cuartel general de una unidad especial del Ejército iraní en la provincia de Alborz, una sede de la fuerza paramilitar Basij —brazo de la fuerza Quds— en Teherán, y un centro de mando de las fuerzas de Seguridad Interna. Edificios utilizados, según inteligencia israelí, para almacenar y fabricar armas.
Mientras Medio Oriente arde, Europa baila en la cuerda floja. Francia autorizó el uso de una de sus bases aéreas para aviones militares estadounidenses, aunque con condiciones: nada de aviones de combate y solo esa base, ninguna otra en territorio galo o en Medio Oriente.
Italia, en cambio, marcó distancia. La primera ministra Giorgia Meloni fue tajante: “No estamos en guerra ni queremos entrar en ella”. Cualquier solicitud para usar bases italianas deberá pasar por el Parlamento. Su diagnóstico sobre la situación global fue sombrío: “El mundo está cada vez más sumido en el caos”.
España juega sus propias cartas. La ministra de Defensa, Margarita Robles, ya negó el uso de bases españolas para atacar Irán, calificando la guerra como ilegal. Pero este jueves abrió otra puerta: si la Unión Europea lo solicita para proteger a Chipre, España “valorará” brindar ayuda militar. “Hemos de ser todos muy prudentes, muy discretos”, declaró.
Seis días de guerra. 1,230 muertos. Un estrecho bajo control iraní. Un petrolero ardiendo. Bases estadounidenses en Irak atacadas con drones. Y una Europa que observa, mide sus palabras y calcula sus movimientos mientras el conflicto amenaza con desbordar todas las fronteras. La pregunta ya no es si habrá escalada. Es quién será el próximo en caer al fuego.
