La operación conjunta inició el 28 de febrero con bombardeos a instalaciones nucleares; Irán lanza la “Promesa Verdadera 4” contra bases estadounidenses mientras los precios del petróleo se disparan y más países se suman a la crisis.
La madrugada del sábado 28 de febrero, el silencio en Medio Oriente se rompió con el estruendo de los bombardeos. Estados Unidos e Israel lanzaron una ofensiva coordinada contra Irán. El objetivo declarado: “eliminar amenazas” de la República Islámica, acusada de desarrollar armas nucleares pese a su negativa a renunciar al programa atómico. La respuesta de Teherán no se hizo esperar. Horas después, varias oleadas de misiles balísticos cruzaron el cielo hacia Israel y contra bases estadounidenses en la región.
La operación conjunta no fue un acto sorpresivo. Durante meses, tanto Washington como Tel Aviv habían intimidado a Teherán con posibles acciones militares. La excusa: el programa nuclear iraní. La negativa de los ayatolás a detener el enriquecimiento de uranio fue el detonante final.
Pero Irán había advertido. Días antes del ataque, la nación persa declaró que cualquier agresión sería respondida con ofensivas contra instalaciones militares estadounidenses en toda la región, consideradas “objetivos legítimos”. El domingo, con el lanzamiento de la operación “Promesa Verdadera 4”, cumplieron su palabra.
El conflicto, que apenas completa su segunda semana, muestra una escalada imparable. Los intercambios de golpes entre las partes son diarios. Lo que comenzó como una acción quirúrgica contra supuestos centros nucleares se ha transformado en un enfrentamiento abierto con múltiples frentes.
El número de países implicados ha aumentado. Aunque oficialmente solo Estados Unidos, Israel e Irán están en la línea de fuego, las bases estadounidenses atacadas se encuentran en distintos países de Oriente Medio, lo que arrastra a esas naciones a la crisis, voluntaria o involuntariamente.
Mientras los misiles siguen cayendo, los mercados energéticos globales comienzan a mostrar signos de pánico. Los precios del petróleo se disparan día con día. La incertidumbre sobre el suministro desde una región que concentra una parte vital de la producción mundial empieza a golpear economías lejanas al conflicto.
La pregunta que flota en los consejos de administración de las petroleras y en las mesas de los gobiernos es hasta dónde llegará la escalada. Una interrupción prolongada en el estrecho de Ormuz, por donde pasa gran parte del crudo mundial, sería un terremoto energético.
La guerra que comenzó con bombardeos una madrugada de febrero ya no tiene marcha atrás. Irán respondió, los aliados de Estados Unidos observan con preocupación y los precios del petróleo suben sin freno. La “eliminación de amenazas” prometida por Washington y Tel Aviv parece, por ahora, haber creado muchas más.
