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El verdugo del 2000 celebra el retorno tricolor entre denuncias de fraude digital

Vicente Fox aplaude el “renacer” priista en Coahuila mientras la oposición alerta sobre compra de votos y teóricos confirman que la alternancia fue un espejismo.

Es la ironía suprema de la política nacional. Quien juró desmantelar la maquinaria hegemónica en el año 2000 hoy aplaude su resurrección. Vicente Fox, el hombre que acabó con 71 años de dominio unipartidista, utilizó las redes sociales para celebrar el triunfo de la coalición tricolor en Coahuila, comparándolo con el mítico renacer del ave fénix y evocando, sin rubor, los “viejos tiempos”.

El escenario en el norte del país es de un dominio absoluto. La alianza PRI-UDC no solo ganó, sino que barrió: se adjudicó la totalidad de los 16 distritos de mayoría relativa y capturó el 55.03% de la preferencia electoral, dejando a la coalición de izquierda con un lejano 26.20%. Sin embargo, bajo la alfombra roja del triunfo, se esconde un manto de sospecha. La facción derrotada ha activado las alarmas ante la Unidad de Inteligencia Financiera, denunciando un esquema de coacción del voto mediante códigos QR, bautizado ya como “QRgate”.

Este abrazo entre el foxismo y el priismo no es un hecho aislado, sino la confirmación de una tesis académica que ha rondado los pasillos del poder por décadas. Analistas de la talla de Lorenzo Meyer y Octavio Rodríguez Araujo advirtieron desde el inicio que la alternancia fue cosmética. Las élites económicas y el andamiaje institucional permanecieron intactos tras la derrota de Francisco Labastida, quien obtuvo apenas un 36.10% frente al 42.52% del guanajuatense.

Jesús Silva-Herzog lo definió con precisión quirúrgica: una “transitocracia”. Una transición que nunca cuajó en una democracia plena, sino que mantuvo las estructuras de control clientelar bajo nuevos rostros. Hoy, con una participación ciudadana del 50.74% y los cómputos oficiales pendientes entre el 10 y el 14 de junio, la felicitación de Fox resuena no como un gesto de cortesía, sino como la admisión de que el viejo régimen nunca se fue, solo estaba esperando su turno para volver a casa.

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