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Netanyahu endurece: Israel seguirá en el sur del Líbano “todo el tiempo necesario”

Tras ordenar ataques contra Hezbolá, el gobierno israelí fija una “zona de seguridad” y choca con críticas de EE.UU.

Israel no saldrá del sur del Líbano. Netanyahu lo dejó sin matices: su país permanecerá en las zonas ocupadas del área meridional “todo el tiempo que sea necesario” para construir una zona de seguridad. La frase no aparece aislada: llega pocas horas después de una orden previa de ataques contra Hezbolá, presentada como respuesta a una acción que habría provocado bajas en el Ejército israelí.

En paralelo al anuncio, la ofensiva volvió a colocar el foco en el costo humano y el impacto sobre infraestructura civil. Tel Aviv sostiene que sus golpes apuntaron a objetivos vinculados con el movimiento chiita y que en el proceso se alcanzó a “decenas” de combatientes de Hezbolá. Pero el escenario no se limita a la narrativa militar: también se levantan cuestionamientos globales por la destrucción y por los muertos y heridos entre la población libanesa, mientras miles de casas en el sur habrían sido arrasadas y se observan desplazamientos hacia Beirut.

Lo que se lee como una cadena de decisiones —primero el ataque, luego la permanencia— ya alimenta una tensión mayor: el gobierno israelí afirma que su estrategia busca evitar ataques contra su territorio. La lógica oficial es clara: crear una franja de seguridad en el sur para proteger los asentamientos del norte y, de paso, debilitar a Hezbolá para reducir la amenaza. Esa idea se instaló como el eje del discurso, incluso cuando el anuncio coincide con nuevas fricciones diplomáticas.

Las críticas externas aumentan la presión justo cuando, según el texto base, EE.UU. firmó digitalmente un memorando de entendimiento con Irán para alcanzar la paz. En ese contexto, el contraste es evidente: mientras Washington avanza hacia un marco de negociación con Teherán, la política israelí en Líbano se sostiene en ofensivas y en la permanencia territorial anunciada.

El punto más sensible, sin embargo, es la condición que habría planteado Teherán para cerrar el conflicto: el fin de los ataques contra el Líbano y la retirada de fuerzas israelíes de las zonas ocupadas del sur. El propio texto establece la contradicción percibida: Israel continúa lanzando ofensivas contra la nación árabe, aun con la existencia de ese requisito previo dentro del esquema de negociación.

Netanyahu lo tradujo al lenguaje de la amenaza y la respuesta. “Mi orden es clara”, dijo, al presentar su postura como una línea roja: Israel no tolerará ataques contra sus soldados ni contra su territorio, y hará que Hezbolá “pague un precio muy alto”. Ahí encaja su instrucción operativa para las FDI: actuar para “frustrar cualquier amenaza” contra Israel.

Mientras tanto, las Fuerzas de Defensa de Israel comunicaron el lanzamiento de ataques nocturnos durante la mañana del viernes y aseguraron que siguen bombardeando objetivos de Hezbolá en el sur del Líbano. El resultado, según el texto proporcionado, incluye muertos y heridos, daños relevantes en infraestructura civil y el inicio de evacuaciones desde las zonas golpeadas.

El componente internacional no desaparece: el presidente Trump aparece como una de las voces que ha criticado en distintas ocasiones las acciones israelíes contra el Líbano. En la rueda de prensa mencionada en el texto, el mandatario sostuvo que no haría falta derribar un edificio residencial cada vez que se busca a alguien, porque en esos inmuebles vive gente que no necesariamente pertenece a Hezbolá. La idea funciona como contrapunto, directo, a la lógica de “objetivo” empleada por Israel.

Además, el vicepresidente J.D. Vance también entra en escena. Señaló que Israel debería priorizar el proceso de paz en Oriente Medio y evitar acciones calificadas de “inaceptables”, como el bombardeo de civiles en Beirut. Aun dentro de su defensa del derecho a la legítima defensa —donde dijo que nadie puede privar a otro país de ese derecho— Vance remarcó que los israelíes deben respetar un proceso de paz descrito como beneficioso para toda la región.

En conjunto, el anuncio de permanencia “todo el tiempo que sea necesario” actúa como una decisión que cierra el paso a la retirada inmediata que, dentro del texto, aparece como parte de los requisitos de Teherán. Y al mismo tiempo, sitúa a Israel en el centro de una discusión que ya no es solo táctica, sino política y humanitaria: la ofensiva, la “zona de seguridad” y las críticas de EE.UU. se cruzan en un momento donde el mismo objetivo declarado —la protección— choca con las imágenes de destrucción civil y desplazamientos.

La consecuencia que el texto deja al descubierto es contundente: la conversación sobre el conflicto no se movería con facilidad si la permanencia territorial se convierte en el soporte de la estrategia. Por ahora, el mensaje oficial es uno: continuidad militar, un precio para Hezbolá y una franja que, según Netanyahu, no se negociaría en el corto plazo.

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