Lula denuncia mano extranjera detrás de protestas mexicanas rumbo al Mundial

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El mandatario brasileño alerta sobre un patrón desestabilizador idéntico al que tumbó a Rousseff, advirtiendo que fuerzas foráneas orquestan el caos.

Una mano invisible, posiblemente extranjera, mueve los hilos de la agitación social en territorio mexicano. Esa es la tesis que el presidente brasileño Luiz Inácio Lula da Silva lanzó desde Brasilia, comparando la coyuntura actual con el estallido que descarriló a su predecesora hace trece años.

El mandatario sudamericano trazó un paralelismo inquietante entre las movilizaciones que sacuden a la nación norteamericana y las que precedieron al Mundial de Brasil 2014. En aquella ocasión, un ajuste de veinte centavos en el transporte público sirvió como detonante para que facciones conservadoras tomaran las calles, convirtiendo una queja puntual en un tsunami social contra la corrupción y los gastos suntuarios de la Copa Confederaciones.

El resultado de aquel caos fue conocido: dos años después, la presidenta Dilma Rousseff cayó mediante un juicio político. Lula ve ecos de ese guion en las protestas de la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación, justo cuando México se prepara para recibir al mundo en la justa futbolística.

La acusación más grave del líder del Partido de los Trabajadores es la sospecha de injerencia externa. “A veces pienso que está la mano de alguien, y tal vez ni siquiera sea mexicano”, declaró ante la prensa, insinuando que actores internacionales podrían estar financiando o coordinando las movilizaciones para desestabilizar a la administración de Claudia Sheinbaum.

El patrón es claro: una demanda legítima es capturada por fuerzas opositoras que la instrumentalizan con fines políticos. En Brasil 2013, millones salieron a las calles de múltiples ciudades, y lo que comenzó como reclamo por tarifas de camión terminó como un referéndum contra el gobierno progresista.

Mientras México enfrenta sus propias tensiones pre-mundialistas, la advertencia de Lula resuena como una alerta roja para los gobiernos de izquierda en la región. El mensaje es contundente: los estallidos sociales durante los megaeventos deportivos no son espontáneos, son operaciones calculadas donde la extrema derecha y actores externos convergen para descarrilar proyectos populares.

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