El sismo se originó al oeste de Montalbán y encendió alarmas regionales, mientras testigos aseguran sentir más de un movimiento
El temblor entró con fuerza y dejó la imagen del impacto: edificios dañados y algunos derrumbes en Venezuela, justo cuando el país ya miraba con preocupación el movimiento telúrico registrado en redes. La intensidad no pasó desapercibida. Según reportes que circularon de inmediato, el movimiento se sintió de forma repetida, como si la tierra no hubiera terminado de sacudir.
En el centro del fenómeno, el dato que marcó la diferencia fue el registro de 7,1 grados en la escala de Richter. El Servicio Geológico de Estados Unidos ubicó el origen a 21 kilómetros al oeste de Montalbán, en el norte del país sudamericano. No era solo un susto: esa magnitud colocó el evento en el radar regional desde el primer momento.
Pero no quedó ahí. Las autoridades norteamericanas también identificaron otro sismo, con epicentro en Morón, al norte de Venezuela. Esta segunda señal añadió un factor clave a la confusión de la población: no fue “un solo” golpe, al menos así lo interpretaron quienes difundieron imágenes y testimonios. La gente describió varios movimientos, no una única sacudida.
A medida que avanzaron las horas, el relato se extendió más allá de las fronteras. Incluso medios locales mencionaron que el evento se percibió en algunas partes de la vecina Colombia. Y aunque la percepción popular cruzó regiones, la respuesta oficial se definió por otro carril: la alerta.
Esa alerta llegó desde el Servicio Meteorológico Nacional de Estados Unidos, que dirigió la advertencia de tsunami a Puerto Rico, las Islas Vírgenes, Aruba, Curazao y Bonaire. El mensaje encendió alarmas en una porción amplia del Caribe, donde la posibilidad de un fenómeno asociado al sismo alteró la rutina y elevó la tensión en la región.
Frente a ese escenario, también apareció una línea de contraste. La Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo de Desastres de Colombia precisó que ese país no se veía afectado por la advertencia meteorológica. En términos prácticos, mientras algunas zonas del Caribe recibían la señal de riesgo, Colombia quedaba fuera de esa advertencia específica, aunque se mencionara que el temblor se sintió.
La dimensión humana del evento se concentró en el miedo y en lo inmediato. María Romero, una mujer de 80 años que vive en el sur de Caracas, relató a la prensa internacional la vivencia del temblor: describió el movimiento como algo horrible, incluso peor que el registrado en 1967. Su testimonio dejó un detalle que resume la crisis cotidiana: el edificio “se movía”, y la intervención de la policía fue necesaria para ayudarla a bajar porque no podía hacerlo por sí misma.
Ahí se abrió el punto más sensible: el contraste entre los datos técnicos y lo que la población vivió en segundos. La magnitud medida, la profundidad reportada —28 kilómetros— y la distancia del epicentro se volvieron parte de una experiencia más amplia y concreta: sacudidas repetidas, temor, daños visibles y necesidad de ayuda en el mismo momento.
Con cada actualización, el evento se fue dibujando como una secuencia más compleja: dos sismos detectados, sensaciones de varios movimientos, reportes de daños y una alerta que rebasó el ámbito venezolano. Y aunque algunas naciones activaron la preparación por tsunami, otras recibieron el mensaje de que no estaban incluidas en esa advertencia.
El resultado fue claro: un terremoto que empezó con 7,1 grados y terminó en una crisis regional atravesada por alarmas, testimonios y reconstrucción inmediata del impacto.
