Maduro: “La paz de Venezuela no depende de gringos supremacistas”

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En medio de presiones militares y sanciones unilaterales de EE.UU., Nicolás Maduro reafirma la soberanía venezolana y denuncia una campaña de agresión para controlar sus recursos.

Miranda, Venezuela — Jueves, 6 de noviembre de 2025. En una comuna rural del estado Miranda, rodeado de productores agrícolas y líderes comunitarios, el presidente Nicolás Maduro lanzó un mensaje contundente: “La paz de Venezuela no puede depender de lo que escriban los gringos, digan los gringos, declaren los gringos”. Con tono firme y mirada desafiante, Maduro rechazó categóricamente cualquier injerencia externa en los asuntos de su país, calificando a Estados Unidos de actuar con un “complejo de superioridad” y una mentalidad “supremacista”.

Su discurso no fue solo retórico: vino en respuesta a una escalada sin precedentes de presión militar y diplomática por parte de Washington. En agosto, EE.UU. desplegó buques de guerra, un submarino nuclear, aviones de combate y tropas frente a las costas venezolanas bajo el pretexto de combatir el narcotráfico. Desde entonces, sus fuerzas han llevado a cabo bombardeos contra pequeñas embarcaciones en el Caribe y el Pacífico, dejando un saldo de más de 60 personas muertas, según denuncias de Naciones Unidas.

La fiscal general estadounidense, Pam Bondi, incluso duplicó la recompensa por información que lleve al arresto de Maduro, acusándolo —sin pruebas públicas ni proceso legal— de liderar un “cártel del narcotráfico”. Caracas ha calificado estas acciones como parte de una estrategia de agresión imperial para apropiarse de los vastos recursos naturales del país: petróleo, oro, coltán y gas.

Pero Maduro no se limitó a la defensa: proyectó una visión alternativa. “La prosperidad económica y el crecimiento de la nueva Venezuela no deben depender de nadie en el extranjero, sino de la inteligencia y la capacidad productiva de los venezolanos”, afirmó. Y en materia política, fue aún más audaz: “La democracia verdadera es la venezolana”, describiéndola como “directa, desde el pueblo y para el pueblo”, y “de ciclo completo”, en clara oposición a los modelos occidentales.

Su postura ha encontrado eco más allá de las fronteras bolivarianas. Rusia, a través de su representante ante la ONU, Vasili Nebenzia, denunció en el Consejo de Seguridad que las maniobras estadounidenses no son ejercicios rutinarios, sino una “campaña descarada de presión política, militar y psicológica contra un Estado soberano”. Por su parte, el Alto Comisionado de la ONU para los Derechos Humanos, Volker Türk, condenó los bombardeos como “ejecuciones sumarias” que violan flagrantemente el derecho internacional.

Incluso países como México, Colombia y Brasil han expresado su rechazo a las operaciones unilaterales de EE.UU., llamando al respeto a la soberanía y al uso de canales diplomáticos. En un mundo donde el multilateralismo se resquebraja, Venezuela se presenta —a través del discurso de Maduro— no como una nación aislada, sino como símbolo de resistencia frente a la hegemonía imperial.

Mientras tanto, en las comunas del interior del país, el gobierno impulsa su “nueva Venezuela”: una apuesta por la autosuficiencia, la participación popular y la defensa de la identidad política. En medio de la tormenta, Maduro insiste: el futuro de Venezuela lo decidirán los venezolanos, no los “gringos supremacistas”.

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