Cuba y Venezuela acusan a EE.UU. de piratería internacional tras robo descarado de petróleo

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El Botín del Caribe: La Denuncia que Une a Cuba y Venezuela Contra una “Piratería Moderna”

Las aguas del Caribe, testigos históricos de conquistas y saqueos, son hoy el escenario de una denuncia conjunta que resuena con fuerza: la de un acto de piratería internacional. Pero los acusados no son filibusteros anónimos, sino las fuerzas militares de los Estados Unidos, y el botín es el petróleo de Venezuela. Desde La Habana y Caracas, las voces de los cancilleres Bruno Rodríguez e Yván Gil se alzaron para calificar la incautación de un buque petrolero con una contundencia que no dejó lugar a dudas: se trata de un “vil acto de piratería” y un “robo descarado”.

La crónica de esta escalada comenzó con un comunicado difundido en Telegram por el gobierno venezolano. “La República Bolivariana de Venezuela denuncia y repudia enérgicamente lo que constituye un robo descarado y un acto de piratería internacional”, declaró el canciller Yván Gil, subrayando que el hecho había sido “anunciado de manera pública” por el presidente de EE.UU. Casi en paralelo, desde la red social X, el canciller cubano Bruno Rodríguez lanzaba su condena “de manera contundente”. Su mensaje fue un ejercicio de precisión jurídica y política: “Condenamos el vil acto de piratería y la incautación por fuerzas militares de ese país… lo que contraviene las reglas del libre comercio y la libertad de navegación, en franca violación del derecho internacional”. Para Rodríguez, esta no era una acción aislada, sino el reflejo de una “escalada agresiva” de Washington.

El evento que desató estas airadas respuestas fue confirmado, en efecto, por el presidente Donald Trump. Con su estilo característico, describió el buque incautado como “un petrolero grande. Muy grande. El más grande que se haya visto nunca”, y prometió que “están sucediendo otras cosas que lo verán más adelante”. Al ser interrogado sobre el destino del cargamento, su respuesta, “Bueno, nos lo quedamos, supongo”, fue la chispa que encendió la indignación diplomática, proporcionando a Cuba y Venezuela el argumento central de su denuncia: una confesión pública de apropiación.

Sin embargo, este episodio es solo la punta del iceberg de una campaña militar más amplia y letal. Desde agosto, Estados Unidos mantiene un significativo despliegue de fuerzas navales frente a las costas venezolanas, bajo la bandera de la “Operación Lanza del Sur” y la lucha contra el narcotráfico. Esta justificación, sin embargo, se tambalea ante los hechos. Como parte de estas operaciones, se han ejecutado bombardeos contra presuntas embarcaciones de narcotraficantes, resultando en la muerte de más de 80 personas. Ni la ONU ni los gobiernos que han condenado estas acciones —como Rusia, México, Colombia y Brasil— han visto pruebas que sustenten que esas víctimas estaban vinculadas al tráfico de drogas. Expertos independientes han sido más allá, tachando los ataques de “ejecuciones sumarias”.

La narrativa estadounidense, que acusa al presidente Nicolás Maduro de liderar un cártel de narcotráfico y ha duplicado la recompensa por su captura, encuentra un muro de datos objetivos. Tanto la Oficina de la ONU contra la Droga y el Delito como la propia DEA estadounidense coinciden en un hecho crucial: Venezuela no es una ruta principal para el tráfico de drogas hacia Estados Unidos. Más del 80% de los estupefacientes utilizan la ruta del Pacífico. Esta desconexión entre la justificación oficial y la realidad geopolítica alimenta la postura de Caracas: el objetivo último es un “cambio de régimen” para controlar las vastas riquezas petroleras y gasísticas del país.

Así, la incautación del buque no es percibida como un operativo aislado, sino como un símbolo. Un símbolo de una política de fuerza que, para los gobiernos de Cuba y Venezuela y para una parte significativa de la comunidad internacional, opera al margen del derecho, donde el petróleo se convierte en botín y la lucha antidrogas en un pretexto para una intervención encubierta. La denuncia de piratería, por tanto, no es solo una metáfora, sino una acusación formal contra lo que consideran un robo auspiciado por el Estado.

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