México defiende el T-MEC y exige mecanismos justos en su revisión trilateral

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El T-MEC en la recta final: México apuesta por fortalecer el tratado, no renegociarlo

En medio de tensiones comerciales globales y amenazas proteccionistas desde Washington, México se prepara para una de las negociaciones más estratégicas de la década: la revisión del Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá (T-MEC). Y lejos de asumir una postura defensiva, el gobierno de la Cuarta Transformación ha decidido ir al ataque —no con aranceles, sino con propuestas técnicas, diplomacia y una firme defensa de la integración regional.

Durante la conferencia mañanera del 15 de enero, el secretario de Economía, Marcelo Ebrard, confirmó que el proceso avanza “en tiempo y forma”. Las consultas con sectores productivos en los tres países ya concluyeron, y hacia finales de mes se entregarán las conclusiones trilaterales. El objetivo: cerrar las negociaciones en junio, tal como lo establece el cronograma acordado desde 2020.

Pero más allá de los plazos, Ebrard dejó claro el norte del gobierno: preservar el T-MEC, no desmantelarlo. “Ha sido un balance muy positivo la integración de la región de América del Norte y de competitividad frente a otros polos económicos en el mundo”, afirmó, subrayando que el tratado ha sido clave para atraer inversiones, consolidar cadenas productivas y posicionar a México como cuarto exportador global de manufacturas.

Sin embargo, el verdadero foco de la estrategia mexicana está en un punto técnico, pero crucial: el mecanismo de resolución de controversias. “Es extraordinariamente importante”, insistió Ebrard. “No quiere decir que siempre vas a ganar el panel, pero es sumamente importante porque hay una esfera igualitaria, simétrica de los tres países”. Para México, este sistema es la garantía de que, ante disputas comerciales, no prevalecerá la fuerza del más grande, sino el derecho.

Y es que en los últimos años, empresas mexicanas han enfrentado decisiones unilaterales —especialmente en temas laborales y energéticos— que generan incertidumbre. Por eso, el gobierno propone que el mecanismo sea más ágil, abarque más ámbitos y reduzca la volatilidad operativa del tratado. Además, exige reciprocidad: si EE.UU. puede activar un panel por supuestas violaciones laborales en México, también debe estar sujeto a los mismos estándares en sus propias industrias.

La presidenta Claudia Sheinbaum reforzó el mensaje al destacar que la economía mexicana “está sólida y va muy bien”, gracias en parte al T-MEC. Anunció que en un par de semanas presentará un balance del primer año del Plan México, que ya ha atraído inversiones récord en energía, infraestructura y manufactura. “Este plan atraerá mayores inversiones en petróleo, gas natural, fuentes renovables y carreteras”, dijo con entusiasmo.

Detrás de estas declaraciones hay una apuesta clara: México no necesita romper el T-MEC; necesita mejorarlo desde dentro. Mientras Donald Trump amenaza con abandonar el tratado y sectores en EE.UU. presionan por imponer reglas asimétricas, la estrategia mexicana es técnica, soberana y progresista: defender la integración, exigir equidad y convertir al T-MEC en un escudo contra el caos comercial global.

En junio, el mundo sabrá si el multilateralismo puede sobrevivir en una era de nacionalismos. Pero mientras tanto, en Palacio Nacional, ya están listos para negociar —no con gritos, sino con argumentos.

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