El imperio del CJNG colapsa: “El Mencho” muere en operativo militar tras años de cacería

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Golpe letal al narcotráfico: el fundador del cártel más sanguinario de México sucumbe en traslado aéreo a CDMX; EU colaboró con inteligencia clave.

El cuerpo sin vida de Nemesio Oseguera Cervantes viajó durante horas en una aeronave militar rumbo a la Ciudad de México. A bordo, los médicos del Ejército intentaron reanimarlo sin éxito. El hombre más buscado por la DEA, el último gran capo con libertad en territorio mexicano, expiraba mientras las sábanas blancas se teñían de rojo a miles de pies de altura. La guerra contra el Cártel Jalisco Nueva Generación acababa de cambiar para siempre.

Todo comenzó con un susurro en las frecuencias militares. Información filtrada desde el Centro Nacional de Inteligencia, cruzada con datos proporcionados por agencias estadounidenses, delató su ubicación. El Mencho, protegido por un ejército privado, se ocultaba en Tapalpa, Jalisco, tierra de montañas y niebla donde solía desaparecer.

Las Fuerzas Especiales activaron el protocolo. Sin helicópteros artillados a la vista, sin anuncios previos. Una operación quirúrgica, diseñada desde escritorios en la capital, comenzó a ejecutarse cuando el sol caía sobre la sierra. Los soldados avanzaron en silencio.

No hubo negociación. Los sicarios del CJNG detectaron la presencia militar y abrieron fuego primero. La respuesta fue inmediata, letal, profesional. Cuatro hombres del cártel cayeron abatidos en el mismo lugar donde intentaron tender una emboscada. Tres más quedaron tendidos, con heridas de gravedad que los mantenían con vida apenas.

Uno de ellos vestía ropa táctica, sin insignias, sin lujos. Pero los soldados que lo rodearon reconocieron el rostro. Las décadas de búsqueda, los miles de millones de dólares en ganancias ilícitas, las fosas clandestinas, los enfrentamientos, las aeronaves derribadas… todo se condensó en ese instante. Era él.

El operativo no fue un golpe de suerte. Documentos internos de la SEDENA revelan un patrón de seguimiento que se extendió por más de ocho meses. El Centro Nacional de Inteligencia logró infiltrar comunicaciones clave. La Fiscalía Especializada en Materia de Delincuencia Organizada (FEMDO) judicializó cada paso. Y la Guardia Nacional cerró el cerco terrestre.

Pero la pieza faltante llegó desde el norte. Agencias de inteligencia estadounidenses compartieron datos satelitales y patrones de comportamiento que permitieron reducir el perímetro de búsqueda. Una cooperación bilateral que durante años fue negada por administraciones pasadas, pero que esta vez resultó determinante.

En el campamento donde Oseguera Cervantes planeaba sus movimientos, los militares encontraron un arsenal capaz de desafiar al Estado mexicano. Lanzacohetes antiaéreos, suficientes para derribar cualquier aeronave que sobrevolara la zona. Rifles de alto calibre. Equipo táctico de última generación. Una logística diseñada para resistir un asedio prolongado.

Tres elementos del Ejército resultaron heridos durante el enfrentamiento. Sus nombres se mantienen en reserva, pero fuentes castrenses confirman que ya reciben atención médica especializada en la Ciudad de México. Su estado es delicado, pero estable.

Cuando los paramédicos militares evaluaron a los heridos en el lugar del enfrentamiento, supieron que el tiempo jugaba en contra. La decisión fue inmediata: evacuar vía aérea a los tres sicarios con vida. Entre ellos, Rubén Nemesio Oseguera Cervantes ocupaba una camilla.

El trayecto hacia la capital se convirtió en una carrera contrarreloj. Pero las heridas eran profundas. El sangrado interno, masivo. Los órganos vitales, comprometidos. Pese a los esfuerzos del personal sanitario a bordo, el líder del Cártel Jalisco Nueva Generación dejó de respirar cuando la aeronave aún cortaba el aire sobre el centro del país.

Los soldados presentes confirmaron su identidad. Lo reconocieron. Pero la SEDENA ha sido cautelosa: serán las autoridades periciales, con estudios forenses y cotejos dactilares, quienes emitan la confirmación oficial. Nada se deja al azar cuando se trata del hombre que durante una década sembró terror en México.

Mientras los reflectores apuntan al cuerpo sin vida del capo, el gobierno federal ya activó el protocolo de consecuencias. La concentración masiva de tropas en Jalisco es apenas el principio. Saben que los cárteles no se desintegran con la muerte de un líder; saben que la sucesión será violenta, que los herederos pelearán cada plaza, que el caos puede desatarse en cualquier momento.

Por eso los convoyes militares ya patrullan las carreteras. Por eso la Guardia Nacional vigila cada acceso a la capital jalisciense. Porque la guerra no terminó. Apenas cambió de capítulo.

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