El 82% respalda el golpe contra “El Mencho”; Sheinbaum rompe con la lógica de la aprobación

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Mientras la ciudadanía aplaude el operativo en Tapalpa, la mandataria federal desmarca su gobierno de la búsqueda de popularidad y pone en el centro el mandato popular

La madrugada del 22 de febrero, en los fríos montes de Tapalpa, Jalisco, sonaron los códigos. No hubo declaración de guerra, pero sí un movimiento táctico de alto calibre contra el hombre considerado el narco más poderoso del país. El objetivo: Rubén Nemesio Oseguera Cervantes, “El Mencho”. Diez días después, cuando las encuestas ya le asignan un respaldo del 82% a la acción militar, Claudia Sheinbaum rompe el silencio y redefine la ecuación: no fue por el aplauso, fue por la gente.

“Uno no gobierna mirando las encuestas”, soltó la presidenta durante la Mañanera del 2 de marzo. Fue un zarpazo discursivo directo al corazón de la política tradicional. En México, durante décadas, los operativos de alto impacto mediático solían leerse en clave de popularidad. Esta vez, la narrativa oficial cambia el eje: la decisión se tomó, se ejecutó y ahora se explica como un acto de responsabilidad institucional, no como una jugada de imagen.

Fuentes internas de la administración federal señalan que el operativo se venía gestando bajo reserva total. Lo que ocurrió en Jalisco, explicó Sheinbaum, se rigió estrictamente por la ley y el uso racional de la fuerza. Pero el trasfondo es más profundo: el gobierno busca desmarcarse de la épica belicista y colocar en el centro un concepto que ha repetido como un mantra: la construcción de paz no es la construcción de guerra.

El reconocimiento a las fuerzas armadas fue inmediato. La presidenta no solo validó la operación, sino que puso sobre la mesa el factor humano: “Ellos son quienes ponen la vida en riesgo”. La frase no es menor. En un país donde el saldo de la guerra contra el narco ha dejado miles de muertos y desaparecidos, la actual administración busca recomponer el relato: la fuerza pública no es un ejército de ocupación, sino un cuerpo al servicio de la ciudadanía.

El punto de tensión llegó cuando se le preguntó directamente por el 82% de aprobación ciudadana. Sheinbaum, lejos de abrazar la euforia de las cifras, insistió en desmarcarse. “Las decisiones se toman responsables, y buscan siempre atender a la gente”, sentenció. La operación en Tapalpa, según su lectura, no fue un golpe de efecto, sino una respuesta a las necesidades del pueblo. Una necesidad que incluye vivir sin miedo, sin la sombra de un cártel acechando en las carreteras y pueblos de Jalisco.

Pero el discurso presidencial también dejó ver una línea ideológica clara: la paz no se construye con balas, aunque a veces haya que usarlas. La diferenciación es sutil pero poderosa. No es una guerra, es una acción de Estado. No es una batalla contra un cártel, es un operativo en busca de la paz.

Al final, la presidenta cerró con una declaración que resonó en el salón: “Nunca nos vamos a separar de la gente”. La frase quedó flotando. Porque si bien el 82% respalda el golpe, el verdadero desafío será sostener esa narrativa de proximidad en un país donde la violencia no se resuelve con un solo operativo, por más certero que haya sido. El gobierno ha puesto una marca en el tablero, pero la partida continúa.

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