“Me alegro de que esté muerto”: el rencor de Trump sobrevive al hombre que lo investigó

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El exdirector del FBI Robert Mueller falleció a los 81 años; el presidente estadounidense celebró su muerte en Truth Social mientras la historia deja abierta la herida de la investigación que nunca lo exoneró ni lo condenó.

Robert Mueller tenía 81 años cuando la muerte lo alcanzó. Pero antes de que su cuerpo fuera inhumado, Donald Trump ya había escrito su epitafio en Truth Social. No fue un réquiem. Fue un ajuste de cuentas post mórtem: “Me alegro de que esté muerto, ¡Ya no puede hacer daño a gente inocente!”.

La frase atraviesa la década de rencor que comenzó en mayo de 2017, cuando Mueller fue designado asesor especial del Departamento de Justicia. Su misión: determinar si la campaña presidencial de Trump había conspirado con Rusia para inclinar las elecciones de 2016. El mandato duró casi dos años. El resultado fue un informe de 448 páginas que, como un péndulo, no se detuvo en ningún extremo.

El documento de marzo de 2019 estableció dos verdades incómodas. La primera: Rusia había desplegado un esfuerzo “generalizado y sistemático” para interferir en los comicios a favor de Trump. La segunda: no se pudo probar una conspiración entre el equipo del republicano y el Kremlin. Pero había una tercera, más escurridiza. Sobre la obstrucción de la justicia, Mueller no declaró a Trump inocente, pero tampoco lo acusó. Citó la política del Departamento de Justicia: no se procesa a un presidente en ejercicio. El informe dejaba la puerta abierta para después del mandato.

El legado cuantitativo de la investigación es contundente. Más de 30 personas y tres empresas enfrentaron imputaciones. Más de 100 delitos fueron cargados. Paul Manafort, jefe de campaña de Trump, fue condenado. Otros colaboradores cercanos se declararon culpables. Pero para el entonces presidente, el costo fue político, no penal. La investigación lo acompañó durante dos tercios de su mandato sin derribarlo.

Mueller llegó a la dirección del FBI en un momento que definió su carrera: pocos días antes del 11 de septiembre de 2001. Permaneció 12 años al frente de la agencia, consolidando su giro hacia la misión antiterrorista. Era un republicano de viejo cuño, respetado en ambos lados del espectro político. Su designación como asesor especial en 2017 fue recibida como un gesto de independencia.

Pero Trump nunca vio en él a un funcionario imparcial. Lo vio como el hombre que pasó 22 meses desenterrando comunicaciones, finanzas y testimonios de su círculo íntimo. La muerte de Mueller no apagó ese rencor. La celebró.

El punto de tensión no está en la efímera celebración presidencial. Está en lo que el informe Mueller dejó inconcluso. Una investigación que imputó a decenas, que documentó la interferencia rusa, pero que nunca resolvió la cuestión central sobre la conducta del entonces presidente. La política del Departamento de Justicia impidió un pronunciamiento definitivo. Trump quedó en un limbo jurídico que, años después, sigue alimentando la fractura política estadounidense.

El cierre llegó en forma de tuit presidencial. Trump eligió Truth Social, su propia plataforma, para lanzar el mensaje. No hubo condolencias institucionales desde la Casa Blanca. Solo una línea que condensaba años de confrontación: alegría por la muerte de quien lo había puesto contra las cuerdas sin lograr tumbarle.

Mueller construyó una carrera en la aplicación de la ley. Su nombre quedó asociado a dos hitos: la transformación antiterrorista del FBI después del 11-S y la investigación que envolvió a un presidente. Trump, en su despedida, eligió ignorar lo primero para celebrar que lo segundo había llegado a su fin definitivo.

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