La aeronave estadounidense se desplomó minutos después de despegar en Puerto Leguízamo; entre las víctimas hay 58 soldados, mientras equipos de rescate trabajan en una zona de fuerte presencia rebelde y cultivos de coca.
El estruendo llegó primero. Luego, el humo. Después, la certeza de que la selva del suroeste colombiano había devorado a uno de los aviones más confiables del arsenal militar. Este lunes, un Hércules C-130 con 125 ocupantes se precipitó a tierra en Puerto Leguízamo, cerca de la frontera con Perú y Ecuador. El saldo provisional es lapidario: 66 muertos. Entre ellos, 58 soldados, seis miembros de la fuerza aérea y dos policías. Es, según fuentes de las Fuerzas Militares, uno de los peores accidentes en la historia del país.
Las 10:00 de la mañana marcaron el punto de quiebre. El avión había despegado hacía pocos minutos. Las causas de la caída permanecen bajo investigación, pero lo que quedó en la superficie es un paisaje de destrucción: restos envueltos en llamas, munición detonando por el incendio y el testimonio de quienes escucharon desde sus parcelas el momento exacto en que la aeronave perdió la batalla contra la gravedad.
“Sentí una explosión en el aire y, ya cuando miré, el avión venía cerca a la casa de mi parcela”, relató Noé Mota, un campesino de la zona. Su relato se suma a las imágenes captadas por la AFP, que muestran los restos humeantes en medio de la vegetación densa.
El ministro de Defensa, Pedro Sánchez, salió rápidamente a despejar una hipótesis que circulaba en redes sociales y entre los primeros reportes: no hubo ataque. “Como consecuencia del incendio de la aeronave, parte de la munición transportada por la tropa detonó”, explicó. Esa detonación, aclaró, es la que se escucha en los videos que comenzaron a circular, no un derribo por parte de actores ilegales.
El escenario del siniestro añade capas de complejidad. Puerto Leguízamo no es un punto cualquiera del mapa colombiano. Es una zona donde la frontera con Perú y Ecuador se desdibuja entre ríos y selva, y donde operan grupos rebeldes junto a extensos cultivos de coca. En las últimas semanas, la región había sido escenario de fuerte actividad militar y bombardeos en el marco de la lucha contra los carteles de la droga.
El presidente Gustavo Petro no tardó en pronunciarse. En un mensaje publicado en X, calificó el suceso como un “accidente horroroso” y acompañó sus palabras con imágenes que muestran la aeronave intentando tomar altura antes de desplomarse. Pero su mensaje apuntó más allá del luto: planteó la necesidad de modernizar la flota militar, una declaración que abre preguntas sobre el estado de los equipos con los que opera la fuerza pública.
El Hércules, fabricado por Lockheed Martin, es un turbohélice de cuatro motores conocido por su robustez y su capacidad para operar en pistas improvisadas. Es, precisamente por esas cualidades, una pieza clave en operaciones en territorios de difícil acceso. Pero este lunes, esa misma versatilidad no fue suficiente.
La tragedia expone una fragilidad que trasciende al accidente mismo. Es el segundo siniestro de un C-130 Hércules en Sudamérica en menos de un mes. El 27 de febrero, un avión de carga militar boliviano que transportaba billetes bancarios se estrelló al aterrizar cerca de La Paz, dejando al menos 24 muertos. La coincidencia pone en el centro del debate el estado de las flotas aéreas militares en la región y los ciclos de mantenimiento de aeronaves que, en muchos casos, superan décadas de servicio.
En Colombia, la pregunta sobre el estado de los equipos adquiere una dimensión adicional. La zona donde cayó el Hércules es estratégica en la lucha antinarcóticos, y la presión operativa sobre las fuerzas militares es constante. La modernización de la flota que mencionó Petro se convierte así en una demanda con urgencia de vida o muerte.
El gobierno de Estados Unidos, socio militar clave de Colombia, lamentó el accidente y envió condolencias. También lo hicieron Ecuador y Venezuela. Pero ninguna declaración diplomática puede atenuar la magnitud de lo ocurrido: 66 familias que esperaban el regreso de sus seres queridos recibieron, en su lugar, la peor de las noticias.
Los equipos de rescate siguen desplegados en la selva. La munición que detonó ya no representa un peligro inmediato, pero el trabajo de recuperación de los cuerpos se enfrenta a las condiciones extremas del terreno. En medio de la vegetación, los restos del Hércules yacen como testimonio de un lunes que quedará marcado en la memoria militar de Colombia. El estruendo que escucharon los campesinos ya cesó. Pero el eco de la tragedia apenas comienza.
