La noche del jueves en Estación Corral se tornó en tragedia: un concierto del conjunto “Su Majestad la Brissa” fue interrumpido por ráfagas de arma de fuego que dejaron tres muertos, heridos y una comunidad conmocionada
La música norteña aún resonaba en el aire cuando las primeras detonaciones rompieron la noche. En Estación Corral, una localidad del municipio de Cajeme, Sonora, decenas de personas disfrutaban del concierto del grupo “Su Majestad la Brissa” en lo que debía ser una velada de fiesta y tradición regional. Pero el festejo se convirtió en pesadilla: un ataque armado masivo dejó tres personas muertas y varios heridos, uno de ellos en estado grave.
Según un comunicado de la Fiscalía General de Justicia del Estado de Sonora, el ataque ocurrió la noche del jueves y estaría vinculado con un enfrentamiento entre células del crimen organizado. “Se trata de una agresión derivada de un conflicto entre personas relacionadas con actividades delictivas”, señaló la dependencia, confirmando que el principal objetivo del ataque era un hombre con antecedentes penales, cuyo cuerpo fue hallado en el lugar de los hechos.
Pero como suele ocurrir en estos actos de violencia indiscriminada, las balas no distinguieron entre cómplices y civiles. Una segunda víctima falleció durante su traslado al hospital, y una tercera perdió la vida poco después de recibir atención médica. Al menos cinco personas más resultaron lesionadas; la mayoría ya fue dada de alta, aunque una se mantiene en estado grave, luchando por su vida.
Las autoridades actuaron con rapidez. Elementos de los tres niveles de gobierno —federal, estatal y municipal— se coordinaron para acordonar la zona, atender a los heridos y recabar evidencia. En las primeras horas de la investigación, lograron asegurar un vehículo sospechoso y dos armas de fuego, las cuales serán sometidas a peritajes balísticos para determinar si fueron utilizadas en el ataque.
El suceso ha generado conmoción en una región ya marcada por la violencia del narcotráfico. Cajeme, situado estratégicamente en la ruta del corredor Sonora-Sinaloa, ha sido históricamente disputado por cárteles. Aunque los conciertos regionales como este suelen ser espacios de sana convivencia, en los últimos años se han convertido en blancos frecuentes de ajustes de cuentas, donde la música se interrumpe con balaceras y el duelo reemplaza a la fiesta.
Testigos relataron escenas de pánico: personas corriendo entre mesas, niños llorando, y el escenario abandonado con instrumentos aún encendidos. “Nadie imaginaba que esto pasaría aquí, en un pueblo tan tranquilo”, dijo un asistente que pidió el anonimato por temor a represalias.
Mientras tanto, la Fiscalía reiteró su compromiso de “esclarecer los hechos y llevar a los responsables ante la justicia”. Sin embargo, en un estado donde la impunidad ronda el 90% en delitos violentos, muchas familias dudan de que la justicia llegue.
Este ataque no solo cobra vidas, sino que socava la sensación de seguridad en las comunidades rurales, donde el Estado parece ausente frente al poder de las armas. Mientras Sonora entierra a sus muertos, queda la pregunta: ¿hasta cuándo seguirán siendo los conciertos y las fiestas populares escenarios de la violencia del crimen organizado?
