Cuba declara “emergencia internacional” por aranceles de Trump al petróleo

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Un decreto, una emergencia y el fantasma del bloqueo: Cuba responde a la última jugada de Trump

El jueves, desde Washington, la pluma del presidente Donald Trump firmó un decreto que resonó como un trueno en La Habana. A partir de la medianoche, Estados Unidos se arrogaba el derecho de imponer aranceles a las importaciones de cualquier país que osara vender o suministrar petróleo a Cuba. La justificación, un mantra repetido por administraciones estadounidenses: la isla “constituye una amenaza inusual y extraordinaria” para su seguridad y política exterior. Horas más tarde, desde la capital cubana, la respuesta no se hizo esperar, pero elevó la apuesta retórica y geopolítica: Cuba declaró oficialmente una “emergencia internacional”.

La voz que dio la alerta fue la del canciller Bruno Rodríguez. En su cuenta de X, con un lenguaje cargado de indignación y apelación global, escribió: “El pueblo de Cuba, con la solidaridad de la comunidad internacional, concluye que la situación con respecto al Gobierno de los Estados Unidos constituye una amenaza inusual y extraordinaria”. Pero no se quedó ahí. Rodríguez atribuyó esta amenaza a “la derecha neofascista anticubana de EE.UU.” y argumentó que el peligro trasciende a la isla, afectando “la seguridad nacional y la política exterior de todos los países, para la paz y la seguridad internacionales”. Ante esta evaluación, anunció la decisión de La Habana: declarar “una emergencia internacional con respecto a dicha amenaza”.

Mientras tanto, en una rueda de prensa, Trump matizaba –o confundía– sus intenciones. Preguntado sobre si su objetivo era “ahogar” a Cuba, respondió: “No, no es mi intención, pero parece que es algo que, simplemente, no va a poder sobrevivir. Creo que Cuba no podrá sobrevivir”. Sus palabras, al evadir cualquier mención al bloqueo económico de décadas, pintaban la medida como un hecho casi natural, un desenlace inevitable, más que como una política de coerción activa. Esta narrativa contrastaba brutalmente con la realidad vivida en la isla y con la lectura del presidente cubano, Miguel Díaz-Canel.

Desde La Habana, Díaz-Canel no dudó en calificar la nueva medida. La tildó de una evidencia más de “la naturaleza fascista, criminal y genocida de una camarilla que ha secuestrado los intereses del pueblo estadounidense con fines puramente personales”. Su declaración cerró el círculo de este intercambio de alto voltaje: un decreto arancelario presentado como defensa nacional, una contradeclaración de emergencia internacional que apela a la solidaridad global, y acusaciones mutuas de fascismo y genocidio. La crónica que se escribe es la de una escalada que, lejos de limitarse al petróleo, reactiva la guerra de narrativas y posiciones en un conflicto que cumple más de seis décadas.

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