La crisis de militancia en el PRI desangra al partido tras perder medio millón de afiliados.

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El Partido Revolucionario Institucional enfrenta su peor debilitamiento territorial mientras culpa al partido oficialista por su desplome.

La crisis de militancia en el PRI ha dejado de ser una advertencia para convertirse en una realidad numérica irreversible. En apenas dos años, el partido que gobernó México durante más de siete décadas ha perdido a más de 500 mil de sus miembros, según cifras consolidadas del Instituto Nacional Electoral (INE). Esto significa que, de cada tres personas afiliadas al tricolor en 2023, una ya no está en sus filas. Lejos de ser una simple estadística administrativa, este desplome del padrón priista representa la pérdida del tejido humano que sostenía al partido en territorio.

Cómo funciona o cómo ocurre.
El desgaste no ocurre en el vacío ni es producto únicamente de la desafección espontánea. La crisis de militancia en el PRI tiene raíces estructurales que se han profundizado desde las derrotas electorales de 2018 y 2024. Al perder gobiernos estatales, el partido perdió también su principal mecanismo de fidelización: el acceso a recursos, programas y estructuras de gestión local. Sin puestos de elección popular que repartir, la militancia deja de ser un activo político para convertirse en un costo sin retorno.

Sin embargo, la dirigencia nacional, encabezada por Alejandro Moreno Cárdenas, ha optado por una explicación distinta. Según el líder nacional, las renuncias en el PRI no responden a la falta de competitividad del partido, sino a una estrategia de presión externa. “Nos amenazan con los programas sociales”, acusó Moreno al firmar un convenio con el INE, señalando directamente al partido oficialista y al crimen organizado como responsables de vaciar sus padrones. Mientras tanto, la organización promueve afiliaciones exprés vía aplicación digital, un intento por maquillar los números que no resuelve la ausencia de estructura en tierra.

El debilitamiento territorial PRI es ya un hecho en la mayoría del país. En estados como Baja California Sur y Morelos, la presencia del partido es prácticamente testimonial, con menos de 800 priistas registrados en cada entidad. El grueso de la militancia sobreviviente se concentra en apenas dos plazas: Coahuila, con 167 mil afiliados, y el Estado de México, con 233 mil. El resto del país opera con padrones raquíticos que imposibilitan la movilización real.

Por qué importa.
La crisis de militancia en el PRI no es un problema interno de un solo partido; es un síntoma del reordenamiento del sistema político mexicano. Un partido sin militancia es un partido sin capacidad de movilización, sin contralores sociales en las casillas, sin candidatos de origen popular y sin posibilidad real de competir en solitario. Esta fragilidad estructural explica por qué la dirigencia priista impulsa con urgencia alianzas con el PAN rumbo a 2027. No es una apuesta ideológica; es una confesión de inviabilidad.

Además, la estrategia discursiva de atribuir la fuga de afiliados a amenazas externas tiene una consecuencia política concreta: inhibe la autocrítica y profundiza la desconexión con la ciudadanía. Si la dirigencia insiste en que el problema es “el gobierno” o “el crimen organizado”, jamás preguntará por qué se va la gente del PRI por voluntad propia. Y al no preguntar, tampoco podrá reconstruir aquello que la hizo irse.

La supervivencia del PRI ya no depende de recuperar la Presidencia. Depende de algo más básico: recuperar militantes. Hoy, la otrora maquinaria electoral más eficaz de América Latina ni siquiera puede llenar una planilla municipal en la mitad del país. El desplome del padrón no es una crisis más; es el preámbulo de la extinción.

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