Sheinbaum desecha al dirigente priista como indigno de mención tras ataque al cineasta Ibarra

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Cuauhtémoc, Ciudad de México, México, 12 de febrero de 2026. La doctora Claudia Sheinbaum Pardo, presidenta Constitucional de los Estados Unidos Mexicanos en conferencia de prensa matutina, “Conferencia del Pueblo” en el Salón Tesorería de Palacio Nacional. La acompañan Marcelo Ebrard Casaubón, secretario de Economía; Eduardo Clark, subsecretario de Integración y desarrollo del sector salud; Noemí Juárez Pérez, subsecretaria de Educación Pública y encargada de la sección “Mujeres en la Historia”; Flor de María Harp Iturribarria, directora genertal del Sevicio Geológico Mexicano y Fenando aboitiz, titular de la Unidad de Coordinación de Actividades Extractivas de la Secretaría de Economía. Foto: Hazel Cárdenas / Presidencia

La presidenta vinculó al PRI con una derecha histórica que desde el siglo XIX ha intentado entregar la soberanía nacional a potencias extranjeras.

“No merece siquiera una sílaba”. Con esas palabras, Claudia Sheinbaum selló el destino político de Alejandro Moreno en el discurso oficial. Cuando el periodista César Huerta preguntó sobre los insultos del priista contra Epigmenio Ibarra, la mandataria mexicana transformó la defensa del cineasta en una sentencia histórica contra toda una corriente política. El ataque contra Ibarra, afirmó, no representa una afrenta sino un “timbre de orgullo” para quien ha caminado junto al movimiento transformador desde sus inicios.

La sala de prensa presidencial presenció cómo una crítica personal se convertía en acusación colectiva. Sheinbaum no se limitó a proteger a Ibarra —”hombre de principios y gran cineasta”— sino que extendió su mirada hacia el pasado: desde los intentos monárquicos del siglo XIX hasta las recientes propuestas de intervención militar estadounidense bajo el pretexto del narco terrorismo. En esa línea temporal, ubicó al PRI como eslabón contemporáneo de quienes históricamente han buscado entregar las riendas del país a intereses foráneos.

El momento de máxima tensión llegó cuando la presidenta trazó una frontera simbólica: un lado, quienes construyen desde las raíces nacionales; el otro, quienes buscan soluciones importadas que socavan la autodeterminación. “Le van a aplaudir en la calle”, sentenció sobre las críticas de Moreno, convirtiendo el desprecio del priista en validación popular para el cineasta. La frase funcionó como espejo invertido: lo que para la oposición es insulto, para el gobierno representa honor.

Cuatro décadas de dominio priista colapsaron en una sola declaración. Sheinbaum no debatió con Moreno: lo borró del mapa discursivo al negarle incluso el derecho a ser nombrado con respeto. “Este personaje”, dijo, sin siquiera pronunciar su nombre completo. En política, hay castigos peores que la derrota electoral: la invisibilización deliberada. Mientras los aplausos resonaban en redes sociales, el dirigente del partido que gobernó México durante setenta años descubría que su mayor derrota no era perder votos, sino dejar de existir en el relato presidencial.

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