Trump erige institución paralela a la ONU con veto vitalicio y diez mil millones

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La Junta de Paz arranca con ausencia europea occidental mientras Hamas exige que presione a Israel a levantar asedio sobre Gaza.

Diez mil millones de dólares estadounidenses abrieron las puertas de una arquitectura diplomática alternativa. En el recinto rebautizado con su propio nombre dentro del Instituto de la Paz en Washington, Donald Trump inauguró este jueves una entidad que aspira a competir con décadas de multilateralismo tradicional. La ceremonia, teñida de autocomplacencia presidencial, sirvió simultáneamente como escenario para lanzar advertencias contundentes contra Teherán: en diez días, según su pronóstico, se definirá si Irán acepta someterse a las exigencias nucleares y militares impuestas desde la Casa Blanca.

Alrededor de dos docenas de líderes mundiales ocuparon los asientos frente al mandatario republicano. Entre ellos destacaron Javier Milei, Santiago Peña y el húngaro Viktor Orbán, único representante europeo presente en un evento deliberadamente boicoteado por las capitales occidentales del Viejo Continente. La alianza emergente suma recursos adicionales provenientes de naciones del Golfo Pérsico, Japón y otros aliados estratégicos, destinados a impulsar la reconstrucción de la devastada franja palestina.

El mecanismo opera bajo una estructura inédita: Trump conservará poder de veto absoluto sobre todas las decisiones, incluso tras concluir su mandato presidencial. Los Estados que deseen permanecer más allá del periodo inicial de veinticuatro meses deberán desembolsar mil millones de dólares anuales, estableciendo una barrera financiera que redefine los criterios de pertenencia a foros globales de resolución de conflictos.

La administración provisional para Gaza, encabezada por Ali Shaath, delineó los primeros pasos operativos: reclutar una fuerza policial entrenada por Egipto y Jordania, mientras naciones como Indonesia, Marruecos, Kazajistán, Kosovo y Albania aportarán contingentes militares. Sin embargo, el camino se complica ante posiciones irreconciliables: mientras funcionarios estadounidenses y su negociador Steve Witkoff aseguran avances en el desarme de Hamas, el portavoz del grupo armado Hazem Qassem exige que la nueva institución obligue a Israel a cesar violaciones del alto el fuego y levantar el asedio territorial.

Benjamín Netanyahu endurece su postura al señalar el fusil AK-47 como “arma principal que debe desaparecer”, condicionando cualquier progreso a la eliminación total de armamento ligero en manos palestinas.

El punto de máxima tensión emerge de la contradicción inherente al proyecto: mientras Trump critica a Naciones Unidas por no estar “a la altura” pese a su “potencial”, erige una estructura donde su figura personal permanece como árbitro supremo más allá de los ciclos democráticos. La ausencia deliberada de Europa occidental desnuda las grietas en el consenso global sobre quién define los términos de la paz en el siglo XXI.

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