Mientras Washington habla de “conversaciones muy buenas”, Teherán niega cualquier contacto, denuncia que la propuesta de 15 puntos es inaceptable y exige garantías reales antes de volver a sentarse a negociar.
Donald Trump aseguró esta semana que Estados Unidos e Irán habían mantenido “conversaciones muy buenas y productivas”. La respuesta de Teherán fue inmediata y demoledora: los funcionarios iraníes negaron cualquier contacto. Un portavoz militar incluso se burló de la afirmación con una frase que sintetiza el estado de la relación: los estadounidenses están “negociando consigo mismos”. La brecha entre ambas capitales no podría ser más ancha.
El desencuentro no es un simple desacuerdo diplomático. Es la expresión de una desconfianza que se ha ido consolidando a lo largo de un año de conversaciones fallidas. En dos ocasiones, durante el último año, las negociaciones entre Washington y Teherán crearon esperanzas de aliviar las tensiones. En la última ronda, según el anfitrión omaní, incluso se abordaron las principales preocupaciones de Estados Unidos sobre el programa nuclear iraní.
Pero en ambas ocasiones, las conversaciones fueron seguidas por ataques militares israelíes y estadounidenses contra Irán. Para Teherán, la lección fue clara: los encuentros no han reducido la posibilidad de guerra, sino que la han precedido. Por eso, cuando Trump habla de progreso, en Irán se escucha con recelo.
La propuesta estadounidense, entregada a través de Pakistán, es un documento de 15 puntos. Según los informes, incluye estrictas limitaciones a las capacidades nucleares iraníes, restricciones a los programas de misiles y el fin del apoyo a los aliados regionales de Teherán. A cambio, Washington ofrece el levantamiento de sanciones y ayuda para energía nuclear civil. El jefe del Consejo de Información del Gobierno de Irán calificó las palabras de Trump como “mentiras” y dijo que no hay que prestarles atención.
Pero detrás de la retórica dura hay matices que sugieren que la puerta no está completamente cerrada. El miércoles, el ministro de Asuntos Exteriores, Abbas Araghchi, ni confirmó ni rechazó la propuesta de forma categórica. Declaró a la televisión estatal que se habían transmitido “diferentes ideas” a los altos dirigentes del país y que “si es necesario adoptar una postura, sin duda se determinará”. También dijo que Teherán “no tiene intención de negociar por el momento”.
La frase es clave: “por el momento”. Deja abierta la posibilidad de un futuro acercamiento, pero establece condiciones que hoy no se cumplen.
La política interna de Irán complica cualquier movimiento. El presidente Masoud Pezeshkian, respaldado por grupos más moderados, ha adoptado un enfoque prudente. Pero los sectores más intransigentes se oponen con vehemencia a cualquier conversación con Estados Unidos. Incluso las voces moderadas encuentran difícil defender las negociaciones en la situación actual, con el país bajo ataques continuos y daños a infraestructuras clave.
La presión externa también es significativa. Grupos de oposición rechazan cualquier acuerdo con la República Islámica y han apoyado los ataques con la esperanza de que la guerra conduzca a un cambio de régimen. Mientras tanto, activistas de derechos humanos temen que un acuerdo pueda dar al gobierno mayor margen para reprimir internamente.
El elemento más crítico de este estancamiento es la cuestión de la confianza. Irán tiene memoria histórica. El acuerdo nuclear de 2015, alcanzado tras años de negociaciones entre Irán y las potencias mundiales, finalmente fracasó cuando Estados Unidos, bajo el mandato de Trump, se retiró unilateralmente. Muchos en Teherán dudan que un nuevo acuerdo se mantenga, especialmente cuando los dos intentos de diálogo en el último año fueron seguidos por ataques militares.
La ventaja estratégica de Irán también influye en su postura. Desde que el conflicto se intensificó, Teherán ha demostrado su capacidad para interrumpir los flujos energéticos mundiales a través del estrecho de Ormuz. El cierre o la limitación de esta ruta ha afectado no solo a los mercados de petróleo y gas, sino también a las cadenas de suministro globales. Una postura pública firme ayuda a mantener esa presión.
Para Trump, hablar de progreso tiene sus propios objetivos políticos. El presidente prometió poner fin a las guerras en Medio Oriente, no iniciarlas. Necesita demostrar que su estrategia está funcionando. Para Teherán, negar las negociaciones ayuda a proteger su posición y también refleja dudas reales sobre la credibilidad de Washington.
La brecha entre Washington y Teherán sigue creciendo. Trump dice que hubo conversaciones productivas. Irán responde que los estadounidenses negocian consigo mismos. La propuesta de 15 puntos está sobre la mesa, pero las condiciones para aceptarla no existen. El problema principal no es el contenido del acuerdo, es la confianza. Y la confianza, después de la experiencia de 2015 y los ataques que siguieron a los últimos intentos de diálogo, está en su punto más bajo. Reducir la brecha requerirá más que palabras. Necesitará garantías reales de que las conversaciones no volverán a desembocar en más conflictos. Algo que Trump, con su propia historia de romper acuerdos, todavía no ha demostrado.
