La jefa guinda sentencia que la alternancia fue una farsa pactada por Zedillo y acusa a los albiazules de proteger a gobernadoras señaladas.
Un pacto en las sombras. No fue el voto ciudadano el que desalojó al tricolor de la residencia oficial en el año 2000, sino un acuerdo cupular entre el entonces mandatario y facciones de Washington. La inconformidad social de aquella época exigía un cambio de rostro, no de fondo. Por eso, las éludes políticas y el poder extranjero diseñaron la ilusión de la democracia.
La presidenta del partido guindo desenmascaró al exmandatario blusquiazul. Lo tildó de farsante y títere de una transición simulada. Para la dirigencia morenista, la llegada de Fox a la silla presidencial no representó el fin de una era, sino la consolidación de una maquinaria que simplemente cambió de color para sobrevivir.
La prueba de esta simbiosis letal acaba de renovarse. Tras los comicios locales en Coahuila, donde el tricolor retuvo el poder entre denuncias de irregularidades, el exmandatario panista salió a festejar. Este abrazo público es, para la oposición de izquierda, la confesión de que ambas fuerzas operan como una sola entidad indisoluble.
El blanco de las acusaciones no es solo el pasado, sino el presente. La funcionaria señaló que los panistas se rasgan las vestiduras al denunciar a la mandataria chihuahuense. La acusan de traición a la patria y de cometer ilícitos, pero sus correligionarios la blindan. Son la misma hidra de dos cabezas, destinados al cementerio político.
Entre burlas, la exsecretaria de Bienestar se mofó de que el exmandatario blusquiazul pretenda erigirse como el pensador de su actual instituto. Con un escueto “ellos sabrán”, sentenció el fin de una era y la irrelevancia de sus viejos actores, dejando claro que para el oficialismo, la guerra contra el pasado neoliberal apenas comienza.
