Cumpleaños 52 y dos muertes: ICE repite el mismo guion y nadie rinde cuentas

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Un patrón de violencia, relatos enfrentados y falta de cámaras encienden la rabia: detenciones que, para latinos, suenan a sentencia.

La foto de Lorenzo Salgado Araujo frente a su pastel de cumpleaños número 52 no solo provoca tristeza; también detona una ira difícil de apagar: la historia se vuelve a contar igual. Primero llega la versión oficial, luego aparecen versiones que chocan, y al final queda la misma sombra: poca transparencia, nula rendición de cuentas y un sistema que parece acomodarse a la impunidad.

Seis días después, el 13 de julio, el mismo estremecimiento volvió a golpear en Maine con la muerte de Johan Sebastián Durán Guerrero. Tenía 25 años, era colombiano, padre de una niña de 3 y esposo; y aun así, su vida terminó en un operativo de agentes de ICE. La pregunta que queda en el aire no cambia: si ya existe un patrón, ¿por qué la repetición se sigue sintiendo “normal”?

En estos días, la lógica se endurece: una detención de ICE se percibe como una sentencia de muerte, sobre todo para quien es o “luce” latino. La administración Trump, de acuerdo con lo descrito, ordenó suspender temporalmente la mayoría de los operativos de detención de vehículos para “reentrenar” a sus agentes. Pero el argumento se desmorona cuando se mira el mecanismo señalado: cuotas diarias de 2,000 detenciones, agentes pobremente entrenados y expertos en perfil racial, sin respeto al debido proceso.

La historia de Houston, Texas, concentró el choque. Salgado Araujo fue baleado por un agente de ICE cuando manejaba la camioneta de su negocio de construcción para recoger a tres empleados. En el relato que “ahora se sabe”, él no era buscado por ICE para su detención, del mismo modo que, según se expone, tampoco Johan en el caso de Maine—aunque en un primer momento se indicó que sí. El detalle es explosivo: si se mata a alguien “por objetivo”, la lógica queda atrapada en un círculo: ser el blanco parece volver aceptable el desenlace fatal.

Luego aparece el guion de la defensa. Agentes en vehículos no identificados alegan que, al no obedecer instrucciones y tratar de huir, Salgado Araujo “utilizó su vehículo como arma” y que el agente que disparó lo hizo en “defensa propia”. Pero los tres empleados que presenciaron lo ocurrido sostienen otra versión: afirman que Salgado Araujo no intentó atropellar al agente cuya vida, según ellos, no habría corrido peligro. A eso se suma el vacío más irritante: los agentes no portaban cámaras corporales que permitieran iluminar los hechos.

En el caso de Johan Durán Guerrero, el silencio técnico se repite: tampoco habría cámaras corporales. Y aun así, ICE y el DHS sostienen que el agente disparó por “seguridad pública”. Dos muertes, dos explicaciones, el mismo cierre del expediente: el mismo cansado libreto. Se mencionan además otros hechos que supuestamente exhiben similitudes: Renée Good y Alex Pretti en Minneapolis, donde también se describe violencia contra víctimas y un giro que responsabiliza a la persona asesinada. En el caso de Pretti, se menciona que le dispararon por la espalda, estando en el suelo y neutralizado.

El núcleo de la indignación no es solo la muerte; es el espacio que se abre después del disparo. Se plantea que los agentes “aplican leyes civiles”, pero que para ellos “aplicar ley y orden” equivaldría a tener permiso para matar. Y cuando el permiso viene desde arriba, el miedo se transforma en certeza: si la conducta parece avalada por sus superiores, la conducta se repite con confianza.

El texto también sostiene que hubo un cierre parcial del DHS por presiones demócratas para reformas y rendición de cuentas. Pero el camino no avanzó: se indica que los republicanos optaron por aprobar 70 mil millones de dólares adicionales a los 170 mil millones para ICE y CBP por el resto de la presidencia de Trump mediante reconciliación, con mayoría simple y sin apoyo demócrata. El mensaje implícito es contundente: las reformas quedaron “en el tintero”, mientras la fuerza letal siguió usando el mismo argumento de siempre. En ambas instancias—un tiroteo en plena calle o una muerte sospechosa en centro de detención—la cifra de muertos, según el relato, ha aumentado.

Para reforzar el cuadro, se cita el American Immigration Council. El organismo describe que, bajo la segunda administración de Trump, los agentes de inmigración recurren con frecuencia a la violencia en operativos de control migratorio y detenciones. Se menciona que rompen ventanillas para sacar ocupantes, que varias personas recibieron heridas de bala y que cinco fallecieron en el reporte de febrero. También se indica que desde que Trump asumió su segundo mandato, 11 personas han muerto en tiroteos a manos de agentes migratorios.

Y hay una frase que funciona como llave de la impunidad: el análisis agrega que, en muchos casos, funcionarios del gobierno habrían mentido sobre las circunstancias del uso de fuerza para exagerar la amenaza a los agentes. Incluso cuando las pruebas confirman que la fuerza no estaba justificada por la amenaza, se afirma que no se aplican las sanciones administrativas y penales pertinentes. En ese escenario, el cierre es casi un veredicto: “Un absoluto reinado de impunidad”.

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