La grieta republicana estalla: dudas sobre Hegseth y el plan contra Irán

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La confianza en el secretario de Defensa se deshilacha por costos crecientes, promesas de urgencia y un estrecho de Ormuz bloqueado.

La fractura comenzó a hacerse visible cuando el conflicto entre Estados Unidos e Irán dejó de avanzar hacia una salida rápida y empezó a acumular efectos que ya golpean la política interna. Mientras Washington insiste en sostener la ofensiva, dentro del Partido Republicano crecen las señales de alarma: senadores cuestionan el liderazgo de Pete Hegseth y ponen en duda la estrategia con la que la administración de Donald Trump intenta conducir la guerra.

El debate se alimenta de una cadena de problemas que se encadenan entre sí. Por un lado, se reporta que la confianza en Hegseth se desgasta a medida que aumentan los costos y se aleja cualquier posibilidad de una resolución inmediata. En ese clima, algunos legisladores advierten que un eventual “ataque masivo” contra Irán podría convertirse en el punto decisivo para recuperar apoyo político; pero también temen que la apuesta sea aún más costosa y controvertida.

Entre los señalamientos más insistentes aparece el estrecho de Ormuz: una de las rutas marítimas clave para el transporte mundial de petróleo. La crítica no es menor. Se cuestiona que el Pentágono no haya anticipado un cierre prolongado, y que tampoco haya logrado impedir que el conflicto se expandiera hacia otros puntos estratégicos de Medio Oriente. Ese desajuste, según los legisladores, termina reflejándose en el terreno y en la narrativa pública: la guerra no solo continúa, sino que se diversifica.

La tensión se concentra, además, en cómo se responde al bloqueo y al avance de ataques de grupos hutíes respaldados por Irán. Esos grupos han intensificado embestidas contra embarcaciones en el mar Rojo y contra cargamentos petroleros vinculados a Arabia Saudita. Así, lo que en un inicio se vendía como control del conflicto se convierte en una presión simultánea sobre rutas críticas, cargas de alto valor y seguridad regional.

El ataque político más directo contra el secretario de Defensa llegó desde Thom Tillis. El senador republicano por Carolina del Norte sostuvo, según lo publicado por The Hill, que ya no confía en Hegseth. Afirmó que el secretario aparece “desorientado”, y vinculó su conducción con decisiones que habrían acelerado jubilaciones o forzado salidas de líderes del Departamento de Defensa. Para Tillis, Hegseth además tendría un problema de inseguridad, falta de experiencia en organizaciones de gran escala y un control excesivo; por eso, declaró que ha perdido su confianza.

La impugnación se refuerza con otro nivel de señalamiento: no solo desde el Capitolio, sino desde dentro del propio Pentágono. Un senador, bajo anonimato, dijo haber escuchado que existe pérdida de confianza en la forma en que Hegseth está liderando. A su vez, recordó que en el Congreso se escuchan preocupaciones similares, lo que sugiere que el problema ya no es percibido como “opinión externa”, sino como una brecha interna en el manejo de la guerra.

Esa inquietud se trasladó también a la sala de audiencias. Susan Collins, presidenta del Comité de Asignaciones del Senado, manifestó preocupación por la salida de altos mandos militares, incluyendo el general Chris Donahue, comandante máximo del Ejército estadounidense en Europa hasta principios de ese mes. Durante su intervención en la sesión donde Hegseth compareció para defender una solicitud de recursos adicionales para Defensa, Collins indicó que le resulta “profundamente preocupante” el movimiento de personal. Después agregó que todavía espera “más información” sobre la estrategia y el desenlace previsto del conflicto.

Pero la crisis no queda confinada a lo militar. Hay un segundo frente: el costo. Hegseth aseguró que la guerra ha costado cerca de 37,500 millones de dólares, mientras estimaciones independientes, como las de Moody’s Analytics, elevan la cifra a 132,000 millones de dólares. En ese contraste, el debate sobre transparencia se vuelve un arma política. Joni Ernst pidió mayor claridad sobre el gasto militar, y enmarcó la preocupación del Congreso en los costos asociados y en la transparencia.

Con todo, la presión no se limita a “contener” el gasto. También hay senadores que reclaman más agresividad. Roger Wicker, presidente del Comité de Servicios Armados del Senado, instó a Trump a “terminar el trabajo”. John Cornyn sostuvo que Estados Unidos tiene capacidad militar para obligar a Irán a reabrir Ormuz, y aseguró que se trata de demostrar una superioridad decisiva y recuperar el paso marítimo porque no se puede depender del régimen iraní.

El choque aparece cuando se mira el dinero disponible y el desgaste político para aprobarlo. Aunque se menciona un nuevo paquete de 73,000 millones de dólares para financiar la guerra, se señala que el respaldo dentro del Partido Republicano continúa siendo insuficiente. A esa dificultad se suma la ausencia del senador Mitch McConnell por motivos de salud, y el desgaste que ya complica la posibilidad de que la Casa Blanca obtenga recursos adicionales para una campaña cuyo desenlace sigue sin definirse.

En el fondo, la señal es clara: el conflicto ya no solo es un frente internacional. Se volvió un problema de cohesión interna, de estrategia cuestionada y de control narrativo perdido. Y si la guerra sigue ampliándose mientras el liderazgo militar pierde credibilidad, la consecuencia política puede llegar antes que cualquier “golpe decisivo”.

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