La trampa de los 30 años: Sheinbaum desmonta la ofensiva de EE.UU. contra Raúl Castro

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Subrayado: Mientras Washington activa una vieja orden de captura, la mandataria mexicana lanza una andanada contra el injerencismo histórico y señala un doble rasero con Bolivia.

La orden cayó como un fogonazo en medio de la tensión diplomática. Treinta años. Esa es la distancia temporal que separa el hecho juzgado del presente inmediato.

Desde su escritorio, Claudia Sheinbaum lanzó una pregunta que retumba en los pasillos de la política continental: ¿qué utilidad tiene procesar a alguien por algo ocurrido tres décadas atrás? La operación de la justicia estadounidense contra Raúl Castro no halló eco en la visión mexicana.

No fue un comentario menor. La presidenta abrió el expediente histórico de Washington y encontró un patrón recurrente: la intrusión sistemática en asuntos ajenos. Ese comportamiento, subrayó, no responde a un hecho aislado ni a una circunstancia del momento. Se trata de una costumbre enquistada, una tendencia que se arrastra desde hace años sin solución de continuidad.

La detención del histórico dirigente cubano apareció entonces como una pieza más de ese rompecabezas intervencionista. Sheinbaum no solo defendió el principio de autodeterminación que ha guiado décadas de política exterior mexicana, sino que llevó la crítica a otro terreno: Bolivia.

Ahí está el punto de máxima tensión. La misma lógica inquisitiva que ahora persigue a Castro, advirtió, se aplicó contra Evo Morales. La acusación flota en el aire, pero la mandataria contrastó ese gesto de hostilidad con una realidad tozuda: el exmandatario boliviano acumula, según su lectura, los mejores indicadores de la historia reciente del país andino.

No se trata de retórica vacía. Sheinbaum enumeró logros concretos: el combate a la pobreza, la reducción de la desigualdad, el ascenso en la calidad de vida de las mayorías populares. Bolivia, bajo ese gobierno, habría ejercido un control inédito sobre su riqueza subterránea y sus recursos estratégicos.

El contraste resulta demoledor. Por un lado, un aparato de justicia extranjero que se mueve con lentitud de siglos para ejecutar viejas cuentas. Por el otro, transformaciones sociales palpables que Washington parece dispuesto a ignorar mientras despliega su capacidad de sanción.

La pregunta de fondo sobrevuela la comparecencia: ¿quién otorga legitimidad a un tribunal para juzgar procesos políticos completos después de treinta inviernos? Sheinbaum no lo dice explícitamente, pero la inferencia es clara: la soberanía de los pueblos no prescribe.

El mensaje ya está lanzado. El gobierno mexicano no solo observa con distancia la captura de Castro, sino que construye un relato alternativo que conecta La Habana, La Paz y Washington en un mismo eje de denuncia. Cuando la mandataria habla de autodeterminación, no lo hace desde un manual diplomático, sino desde la evidencia de una historia de intervenciones encubiertas.

Y el cierre es lapidario: lo que ocurre hoy contra Morales y contra Castro es la misma vieja música, apenas con diferente partitura. Treinta años después, el injerencismo sigue buscando excusas, mientras los pueblos apenas logran sostener sus conquistas.

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