Sarampión en centro de detención migrante de Texas: 1,200 personas bajo cuarentena

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Un brote, una cuarentena y el grito de “Libertad”: La crisis sanitaria y humana dentro del centro de Dilley

Las noticias desde el sur de Texas llegaron con el peso de un diagnóstico preocupante. El Departamento de Seguridad Nacional (DHS) de Estados Unidos confirmó la detección de dos casos activos de sarampión dentro del Centro de Procesamiento de Inmigración de Dilley, una instalación masiva destinada a la detención de familias migrantes. La confirmación, realizada el pasado viernes 31 de enero por el Departamento de Servicios de Salud de Texas, desencadenó de inmediato un protocolo de contención que paralizó la vida dentro del complejo, donde actualmente permanecen alrededor de 1,200 personas, incluidos más de 400 niños.

La crónica de la respuesta oficial fue descrita en un comunicado del DHS: “El Cuerpo de Servicios Sanitarios del ICE tomó inmediatamente medidas para poner en cuarentena y controlar la propagación”, deteniendo “todos los movimientos dentro de las instalaciones” y aislando a “todas las personas sospechosas de haber estado en contacto con los infectados”. La portavoz Tricia McLaughlin reiteró que el personal médico monitorea a los detenidos y que todos reciben “atención médica adecuada”. Sin embargo, las autoridades guardaron silencio sobre un detalle crucial: la identidad de los contagiados y si se trata de adultos o menores, dejando una nube de incertidumbre sobre las familias encerradas.

Este brote sanitario se cruzó con la agenda política y los reclamos de derechos humanos. La confirmación llegó justo después de que el congresista Joaquín Castro anunciara su intención de visitar el centro el 6 de febrero con otros nueve legisladores. La cuarentena obligó a cancelar la visita, una oportunidad perdida de supervisión externa. El brote se suma a una historia de tensiones recientes en Dilley, que cobró notoriedad tras la detención y posterior liberación por orden judicial del niño ecuatoriano Liam Conejo Ramos y su padre. La portavoz de Castro, Katherine Schneider, intentó calmar aguas, argumentando que el ICE no los habría liberado si hubiera riesgo de exposición al sarampión.

Mientras tanto, afuera de las alambradas, la preocupación y la protesta crecían. El domingo, la Liga de Ciudadanos Latinoamericanos Unidos (LULAC) realizó una manifestación denunciando atención médica inadecuada y acceso cuestionable al agua potable. Incluso desde adentro, llegaron señales de desesperación. El abogado de inmigración Eric Lee, testigo de una protesta interna la semana pasada, relató que los detenidos gritaban “Libertad” y que escuchó voces “agudas y urgentes”, como de niños, provenientes de los dormitorios. La crónica que se desprende es la de una instalación bajo una doble crisis: un brote de una enfermedad altamente contagiosa que pone en riesgo a poblaciones vulnerables, y un clima de frustración y reclamo que se filtra a través de las rejas, cuestionando las condiciones de vida en el mayor centro de detención familiar de Estados Unidos.

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