Sheinbaum afirma que la corrupción de alto nivel ha disminuido, pero persiste en la base

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De García Luna a las ventanillas: La radiografía de la corrupción según Sheinbaum y su advertencia a la oposición

En el salón de conferencias de Palacio Nacional, la Presidenta Claudia Sheinbaum trazó un balance dual sobre un mal endémico: la corrupción. Con tono firme, aseguró que en los niveles más altos del gobierno “ha disminuido de forma contundente”, atribuyendo este avance a la política implementada desde el sexenio del ex Presidente Andrés Manuel López Obrador. Como pruebas, citó el aumento de la recaudación fiscal y lo que llamó el “rompimiento del poder político con el poder económico”. Sin embargo, su diagnóstico no fue triunfalista. Reconoció que la percepción ciudadana sigue topándose con la corrupción en la base, en lo cotidiano: “en ventanillas de atención o con los policías que piden dinero para cumplir con sus tareas”.

La crónica de esta problemática, según Sheinbaum, requiere de un tratamiento diferenciado. Para la corrupción de alto nivel, su narrativa fue de éxito y contraste con el pasado. Para ejemplificar el “antes”, sacó el caso más emblemático: Genaro García Luna, secretario de Seguridad Pública durante el gobierno de Felipe Calderón. “No solo como funcionario traicionó su deber y se alió con el crimen organizado, sino que después de ser secretario, siguió cometiendo actos de corrupción al amparo del poder público”, afirmó, presentándolo como el arquetipo de la impunidad previa. Frente a este ejemplo, puso uno reciente y de bajo nivel: un trabajador del Instituto de Migración filmado pidiendo dinero. La diferencia, subrayó, es que en este caso “de inmediato se buscó al responsable del área para proceder”, mostrando una respuesta institucional.

Sin embargo, la presidenta dedicó una parte importante de su intervención no a la burocracia, sino a la oposición política. Acusó a sus adversarios de estar “en otro canal”, montando narrativas que aseguran “que el país está peor que nunca”. Su crítica fue más allá del desacuerdo programático: “se les olvida lo que hicieron ellos, más bien, no se les olvida, quieren que se olvide lo que hicieron ellos, muchos casos”. Con esta frase, Sheinbaum enmarcó la discusión sobre la corrupción no solo como un asunto de gestión, sino como un campo de batalla político e histórico, donde el presente se juzga en contraste con un pasado que, según ella, la oposición pretende borrar.

Para cerrar, Sheinbaum proyectó una solución concreta hacia el futuro. Garantizó su compromiso anunciando que ya se trabaja en “una propuesta para que sea el pueblo quien denuncie fácilmente casos de corrupción en los servidores públicos”. Esta iniciativa busca “empoderar a la gente”, canalizando la indignación ciudadana por los sobornos en ventanillas hacia un mecanismo formal de rendición de cuentas. La crónica que dejó fue la de un gobierno que se declara victorioso en el combate a la gran corrupción, consciente del flagelo persistente en lo micro, y decidido a librar, al mismo tiempo, una guerra política contra la narrativa de sus opositores y una guerra administrativa contra los moches del día a día.

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