85 horas de travesía: el Granma 2.0 toca tierra habanera entre abrazos y consignas

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El barco pesquero Maguro, rebautizado como símbolo, arribó con 32 internacionalistas de 11 países y un cargamento solidario que incluye 73 paneles solares, bicicletas y medicinas, en medio de un recibimiento popular que la alcaldesa de La Habana encabezó.

El mar se portó noblemente. Esta vez, a diferencia de aquella travesía fundacional de 1956, las aguas del Golfo de México no opusieron resistencia. El Granma 2.0 —que alguna vez fue el Maguro, un barco pesquero de 24 metros— completó su viaje desde Progreso, Yucatán, hasta La Habana en 85 horas, con una meteorología que, según sus tripulantes, acompañó hasta el último tramo. A las cuatro de la madrugada, el bote ancló frente a la antigua Villa de San Cristóbal. Horas después, la multitud lo recibió entre vítores.

El desembarco tuvo dos momentos. Primero, la espera. Los 32 internacionalistas y periodistas de 11 países que componían la tripulación permanecieron a bordo hasta que las autoridades portuarias dispusieron el atraque. Cuando finalmente pisaron tierra, la alcaldesa de La Habana, Yanet Hernández, los aguardaba junto a otras autoridades. La recepción fue tan rápida como efusiva. Un poeta entonó canciones después de un breve discurso, y los habaneros se entregaron con especial calidez a los italianos, reconocidos por su papel en la gestión de los paneles fotovoltaicos.

El cargamento solidario que trajo el Granma 2.0 es una suerte de arca de las necesidades acumuladas: alimentos no perecederos, medicamentos, pañales, bicicletas y 73 paneles fotovoltaicos. Los víveres fueron descargados en una zona portuaria que lleva el nombre de Hai Phong —el mismo del puerto vietnamita desminado por cubanos durante la guerra—, un guiño geográfico que los organizadores no dejaron pasar. Más tarde, las medicinas y equipos sanitarios fueron trasladados al hospital William Soler, donde se visitó el área de cardiopatía congénita.

Manuel Estrada, capitán de la nave, define la operación sin retórica. “Andamos en una travesía llevando ayuda humanitaria. Es el inicio de un camino que estamos tratando de abrir”. Viejo lobo de mar, reconoce el sacrificio de los cooperantes: cuatro días y cuatro noches durmiendo en el suelo, mal comiendo, sufriendo, pero sostenidos por la alegría de llegar a Cuba.

Entre los navegantes solidarios hay perfiles diversos. Samuel Terán, director logístico del Foro Mundial de la Bicicleta, viajó con 10 bicicletas donadas por Working Bikes, de Chicago, como anticipo simbólico de un contenedor con 200 más que está en camino. “Nosotros somos trabajadores migrantes en Estados Unidos y no nos queda más que contribuir a procesos de pacificación”, explica. Las bicis, para su organización, son vehículos pacificadores que democratizan el acceso al derecho humano a la movilidad.

La recepción en tierra tuvo voces que pusieron en contexto la operación. Disamis Arcia, profesora de la Facultad de Comunicación de la Universidad de La Habana e investigadora del Centro Che, dividió en cuatro puntos la significación del convoy. Primero, la salud: medicinas y equipos que resuelven necesidades urgentes. Segundo, la energía: los paneles solares contribuyen a acelerar el cambio en la matriz energética. Tercero, el valor simbólico: que personas de tantos lugares encuentren en la defensa del pueblo cubano una causa común. Cuarto, el contexto: que esto ocurra en medio de una ofensiva de los sectores más reaccionarios contra este tipo de movilizaciones.

La flotilla llega en un momento de máxima tensión. El presidente cubano, Miguel Díaz-Canel, agradeció en X la solidaridad del Convoy Nuestra América y destacó el bautizo de la embarcación como Granma 2.0. El canciller Bruno Rodríguez, por su parte, reiteró la “feroz condena” de la isla a la presión de Estados Unidos contra las brigadas médicas cubanas en América Latina y el Caribe.

Michel Torres Corona, director del grupo editorial Nuevo Milenio y conductor del programa Con Filo, sitúa el gesto en una dimensión que trasciende lo material. “Toda ayuda a Cuba es importante en un momento en el que se estrecha el cerco de Estados Unidos”, afirma. Pero más importante aún, dice, es el símbolo, el gesto. “Es fundamental el hecho de alzar la voz, de llevarle la contraria al discurso hegemónico que trata de imponer por convencimiento o por coerción Estados Unidos y esta administración de Trump que ha sido particularmente agresiva”.

Para Torres, la flotilla demuestra que Cuba no está sola ni aislada. “La presencia de los cooperantes en la isla sirve para visibilizar que Cuba no es un país colapsado. Es un país que está sufriendo mucha precariedad, muchas dificultades, pero donde se resiste”.

El llanto y los abrazos abundaron en el puerto. Los habaneros recibieron a los internacionalistas como quien recibe a una familia que regresa después de una larga ausencia. El Granma 2.0, con sus 24 metros de eslora, su carga solidaria y su nombre cargado de historia, quedó amarrado en La Habana como testimonio de que, para sus impulsores, la solidaridad no es un gesto discursivo. Es, como dijo la maestra Arcia, la solución concreta de necesidades urgentes, en un contexto donde la agresividad contra Cuba no cesa. “Los amigos que hoy se levantan por Cuba y extienden mano y corazón”, escribió Díaz-Canel, “están abrazando, martianamente, un sentido de la vida para el mundo”.

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