Trump gastó 14.2 millones; la piscina volvió a fallar y se volvió burla nacional

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Obra vendida para el 250 aniversario: impermeabilización, colores “patrióticos” y promesas—días después, algas verdes y limpiezas de emergencia.

La remodelación tenía el sello de vitrina presidencial: una piscina reflectante, “histórica”, restaurada para brillar otra vez ante la mirada de millones. Pero el giro fue rápido, casi inmediato. Apenas terminó el trabajo, el estanque dejó de lucir como promesa de eficiencia y pasó a convertirse en chiste nacional: manchas verdosas, algas extendiéndose y una imagen que se apagó justo cuando el gobierno buscaba proyectar éxito.

El proyecto, impulsado por Donald Trump, costó 14.2 millones de dólares y se presentó como pieza destacada rumbo a las conmemoraciones del 250 aniversario de la independencia de Estados Unidos, previstas para 2026. La narrativa oficial fue clara: se acabarían las filtraciones que habrían afectado durante años el lugar y el espacio más emblemático de la capital recuperaría su función y su presencia.

El plan técnico, según lo descrito, incluyó impermeabilización, reparación de fugas y un recubrimiento del fondo con un tono azul oscuro inspirado en los colores de la bandera estadounidense. El presidente aseguró que el nuevo diseño permitiría una mejor reflexión del Monumento a Washington y ofrecería una imagen renovada para visitantes.

El problema no fue solo la reacción pública; también estaba la distancia entre lo prometido y lo gastado. En la etapa de presentación, Trump habló de un costo entre 1.5 y 1.8 millones de dólares. El presupuesto final, sin embargo, terminó moviéndose entre 14.2 y 14.8 millones de dólares: prácticamente un salto cercano a diez veces la cifra inicial comunicada.

La controversia se endureció con otra pieza: el proceso de contratación. Críticos cuestionaron que el contrato se adjudicara sin una licitación abierta. Además, se mencionaron dudas sobre la transparencia al señalar que las empresas seleccionadas habían participado antes en proyectos ligados a propiedades del propio Trump, un punto que alimentó sospechas desde el inicio.

El 3 de junio, al anunciar la conclusión de los trabajos, Trump dijo que era la primera vez en más de un siglo que el estanque funcionaría correctamente. También aprovechó el momento para marcar distancia con administraciones anteriores, en particular las de Barack Obama y Joe Biden, a quienes acusó de gastar sin resolver fallas estructurales del lugar.

La reacción del público, después, encontró gasolina en la cronología. El optimismo duró poco. A pocos días de la reapertura empezaron a aparecer manchas verdes en distintas zonas del agua. La proliferación de algas avanzó rápido, cubriendo amplias áreas, alterando la apariencia del estanque y opacando el mensaje de renovación que la Casa Blanca buscaba sostener.

Los reportes sobre el proyecto colocaron el inicio de los problemas apenas dos semanas después de la inauguración. El calor veraniego, que favorecía el crecimiento acelerado de algas, coincidió con otra señal preocupante: también surgieron reportes sobre el desprendimiento de parte del recubrimiento aplicado en el fondo. El resultado fue una escalada operativa: el Servicio de Parques Nacionales tuvo que desplegar labores de limpieza de emergencia para contener el deterioro del estanque.

Así, lo que fue presentado como obra insignia se transformó en evidencia incómoda. La promesa de “funcionar correctamente” chocó con una realidad rápida: algas verdes, apariencia deteriorada y acciones de emergencia, en medio de un presupuesto que multiplicó lo anunciado y de un proceso de contratación que no convenció a los críticos. En el 250 aniversario, la pregunta dejó de ser la fecha: se volvió el costo de la imagen cuando la ejecución falla.

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