Díaz-Canel acusa a EE. UU. de buscar “apropiarse” de Cuba y presionar estallidos

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En Pinar del Río, el presidente vinculó el bloqueo con muertes y señaló un intento de culpar a la isla.

Cuba puso sobre la mesa el conflicto con Washington en un escenario cargado de significado: el 73 aniversario de los asaltos a Moncada y Carlos Manuel de Céspedes, cuando la historia de la rebelión arrancó contra un régimen respaldado por Estados Unidos. A partir de esa memoria, el presidente Miguel Díaz-Canel endureció el discurso de ayer, pero con una idea que elevó el tono: no solo denunció presiones, también acusó una intención de apropiación.

“Cuba lidera hoy una batalla histórica” contra lo que, según dijo, son “muros” de una política asfixiante, destinada —de acuerdo con su acusación— a “apropiarse del país”. Y en esa acusación colocó una palabra que, para él, explica el método: el bloqueo. Lo describió como “un arma de guerra” que provoca muertes, y aseguró que Washington intenta provocar un quiebre social para imponer gobiernos alineados con intereses imperiales.

El mensaje no se quedó en la confrontación. Díaz-Canel planteó una respuesta: inventiva, creatividad y, aun en medio de tensiones, “alegría”. A la asfixia, dijo, se le contesta con un esfuerzo “inteligente y eficiente”. Y ante la intención de aislar y dividir, subrayó la unidad como eje. La consigna se extendió a los cambios: afirmó que las transformaciones económicas deben guiarse por un principio que definió como el “mayor grado de justicia social”.

El centro de la presión, sin embargo, apareció también por el flanco institucional. El mandatario arremetió contra un informe del Departamento de Estado, en el que se acusa a Cuba de infiltrarse en el gobierno de Estados Unidos y de respaldar una supuesta “ola” de terrorismo de “izquierdas” en suelo estadounidense. Ahí lanzó el giro más político del día: afirmó que la acusación funciona como “chivo expiatorio”, y que el objetivo real es tener a quién culpar de la protesta social de quienes, sostuvo, son los más golpeados por una economía que beneficia más a los ricos y deja más pobres.

Para Díaz-Canel, la operación va más allá de lo documental. Señaló que Washington busca “una nueva excusa” para sostener lo que calificó como “genocidio político” contra Cuba. En el mismo acto, agregó que su lectura del momento está marcada por tensiones crecientes: el bloqueo petrolero y la ampliación de sanciones impulsadas por el gobierno de Trump han empujado a la isla hacia “la peor crisis económica” de décadas, con apagones rotativos y escasez de combustible.

La consecuencia económica, según el discurso, no se queda en cifras. Se refleja, dijo, en una salida de operaciones de empresas internacionales, especialmente del turismo y del sector financiero. También habló de parálisis en el transporte público y de un recorte del curso escolar por falta de combustible. Con ese inventario, el mensaje se vuelve más contundente: no es solo un conflicto diplomático, es una presión diaria que altera el ritmo de vida.

En la misma intervención, Díaz-Canel pidió unidad y anunció que el país implementará con “prioridad estratégica” un paquete de 176 medidas de libre mercado aprobado en junio por el Parlamento. Y extendió un agradecimiento por la ayuda humanitaria y los suministros recibidos. En paralelo, lanzó un llamado a “dejar a Cuba vivir en paz” e hizo un puente con Estados Unidos al mencionar a quienes “históricamente” han defendido derechos humanos sin esperar reconocimiento, incluso enfrentando cárcel y riesgos.

Cerrando esa parte, reiteró una idea que usó como cierre político: “Cuba no es una amenaza” para Estados Unidos ni para ningún país en la Tierra. Pero el acto, además, se colocó bajo un halo de futuro incierto. En el texto se menciona que Díaz-Canel señaló amenazas diarias: castigos a empresas y funcionarios, tanto cubanos como extranjeros, y advertencias sobre el envío de barcos de petróleo o inversiones en Cuba. Ese clima de presión, sumado a referencias a bloqueos y sanciones, quedó como el marco inmediato del discurso.

Mientras la primera fila simbólica estuvo ocupada por el mensaje presidencial, el ausente fue Raúl Castro, al que se mencionó como “el gran ausente” desde los actos en Pinar del Río. Díaz-Canel no explicó por qué, pero sí leyó el texto del ex mandatario para los pinareños: reconoció el esfuerzo regional y el honor de ser sede central por los 73 años de los asaltos. La omisión del motivo no bajó la tensión: la ausencia se convirtió en un dato más del clima político.

El discurso también estuvo acompañado por hechos judiciales y políticos descritos en el texto. Se señala que la Fiscalía de Estados Unidos presentó cargos en mayo contra Raúl Castro por el derribo de dos avionetas de un grupo anticastrista en 1996. Y se incluye además una referencia a lo que, según el texto, Trump dijo recientemente: esperar tomar la isla tras el ataque a Venezuela y una vez concluya su guerra en Irán. Díaz-Canel respondió con una línea de enfrentamiento: defender a Cuba sería “luchar contra el colonialismo del siglo XXI” y contra el hegemonismo, rechazando la idea de que un solo país decida el destino de todos.

El cierre del mensaje dejó una frase de alto voltaje simbólico: “los cubanos de hoy somos también vencedores de imposibles”. Díaz-Canel dijo que estar en Cuba es un acto de valentía. Y remató con una cronología de golpes prolongados: cuatro siglos de colonialismo, seis décadas de neocolonialismo y otras seis décadas de bloqueo, hasta convertirlo —según su interpretación— en un plan genocida. En ese punto, la tensión se vuelve total: el país se define como resistente, y el conflicto con Washington se presenta no como un diferendo pasajero, sino como una batalla histórica sostenida por décadas y sancionada por el presente.

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